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Opinión

La deuda social del Museo de Tampico

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Gran Tampico
Por Julián Javier Hernández
Cuando Josep Pla pasó un fin de semana en Nueva York, desechó la idea de que el símbolo de la ciudad fuera la Estatua de la Libertad, el Centro Rockefeller o Times Square, es decir, todo lo que se considera característico. A él no le pareció así, y expresó su preferencia por el Museo Metropolitano de Arte, también llamado Met.

Desde luego, notó el fulgor del éxito en cada rincón de la urbe, pero solo el Metropolitano le comunicó la grandeza real de Nueva York. “El síntoma externo más explícito de la riqueza de esta ciudad es el museo”, escribió Plá.

Estas palabras me hicieron pensar en la imagen que el Museo de Tampico refleja en la comunidad. ¿Lo siente suyo la gente? ¿Despierta el sentido de pertenencia en la región?

Antes de responder, averigüé cuál era la experiencia del Museo Metropolitano de Nueva York en ese sentido y si existía algún punto de coincidencia, siquiera de principios, con el nuestro.

Para empezar, New York City es una zona compuesta por cinco municipalidades (boroughs), cada una con funciones y características propias: Manhattan (famosa por su centro financiero), Brooklyn, Queens, Bronx y Staten Island. Para no alargar la explicación, asentaremos que la unidad histórica que las sostiene no disuelve la diversidad cultural que hay en ellas; sin contradicción, son una cosa y, a la vez, son cinco.

Pero, si usted piensa que en el Bronx están preocupados por los vecinos de Manhattan, se equivoca; para ellos, el Bronx es primero. Del mismo modo, los simpáticos sicilianos de la Pequeña Italia no le piden recetas de cocina a los irlandeses de Brooklyn. A ninguna otra ciudad le viene mejor el nombre de Babel que a Nueva York, ya que aquí se hablan 75 idiomas.

Y, sin embargo, cuando quieren mostrar su imagen al país o al mundo, de buen grado se unen bajo el único rótulo de Ciudad de Nueva York.

Para corresponder con ese sentido de identidad, los fundadores del museo decidieron declararlo metropolitano y lo dejaron claro desde el nombre mismo. Así, los cinco boroughs o municipios pueden cultivar sus propias tradiciones y sentirse igualmente orgullosos del Met.

En cambio, el Museo de Tampico está dedicado principalmente a este puerto y solo sirve a su gloria. Nada ilegítimo tiene este fin, pero hay que preguntarse si la suerte del recinto no mejoraría al volverse metropolitano, como el neoyorkino o como el Centro Cultural, en la Laguna del Carpintero, cuyos espacios son valorados por los tres municipios.

Como el sentido de pertenencia del Museo de Tampico termina ahí, poco interés despierta entre maderenses y altamirenses, quienes lo dejan un tanto fuera de su vista.

Es una pena que los tres municipios, unidos en tantos planes metropolitanos para crecer y prosperar, no estén aliados en una obra con deseos de trascendencia.

También, es error nuestro asignarle un fin comunitario al Museo de Tampico cuando, en realidad, tiene dueño y, como todo comprador, hace lo que guste con su propiedad. Un grupo de empresarios lo costeó y ahora se encarga de administrarlo con ayuda de José Ángel García Elizondo, presidente del patronato. Están en su derecho, pues, de manejarlo como se ve.

Pero, si ese derecho proviene del patrimonio que han cedido, entonces el municipio también puede exigir beneficios concretos, no para sí, sino para la gente. Recordemos que, por un lado, la construcción y equipamiento se cubrió con fondos privados y, por el otro, el edificio se adquirió con recursos públicos.

El Museo de Tampico, alojado en un inmueble municipal, no reintegra nada a los ciudadanos; no les concede la entrada libre ni un día, como el Marco de Monterrey, ni condona el pago a menores de 12 años, como el Metropolitano de Nueva York.

A los tampiqueños les costó 6 millones de pesos la casona Fernández, aunque otros hablan de 21 millones por aportaciones agregadas, pero nadie sabe con certeza que pasó, como tantas cuentas oscuras que dejó el exalcalde Chucho Nader.

Recientemente, tuve la oportunidad de plantearle estos puntos a Elvia Holguera, directora del Museo de Tampico.

– ¿De dónde obtienen recursos para el mantenimiento y los salarios? -le pregunté.

-Todo lo cubrimos con ingresos propios, de las entradas que recibimos. El trabajo del patronato ha sido fundamental para este resultado.

– ¿No es demasiado pronto a un año de haber iniciado?

-Es que también tenemos ingresos por la renta de espacios, como el auditorio, el patio y los jardines, que son aptos para eventos, cursos y conferencias. Y, también, el municipio nos sigue apoyando.

Algo, como una descarga eléctrica, me punzó.

– ¿El municipio los sigue apoyando?

-Sí -dijo ella-. Todos los museos reciben apoyos oficiales y es normal.

-Entonces, ¿por qué no permiten la entrada libre a escuelas públicas, a menores sin recursos, si ustedes reciben ayuda?

– Ay, ¿sabes cuánto pagan? Cuarenta pesos.

– Cuarenta pesos no son nada para nosotros, pero hay niños que van a la escuela sin desayunar. En Tampico, una de cada tres personas es pobre. Lo dijo la licenciada Mónica Villarreal, y con razón, porque lo informó el Coneval.

– Oye, todo cuesta -dijo la directora-. Además, ya previmos eso: tenemos un programa para que una empresa patrocine a una escuela. Nosotros hacemos la invitación a las compañías y agendamos la visita de los alumnos.

Si los particulares pagan la entrada de niños insolventes, tiene menos justificación que el municipio lo siga subsidiando. Cierto, Tampico es una de las ciudades con mejores servicios en el estado, pero aún enfrenta rezagos en abasto de agua, seguridad e infraestructura. En ese sentido, sorprende la ingratitud del Museo al sacrificio que hace la ciudad y su población.

En cambio, para inaugurar la obra, la dirección organizó tres cenas a unas cuantas personas; luego, sin reparar en gastos, contrató alfombra roja, luces escenográficas y valet parking, y se aseguró de que lo cubriera la prensa más cursi. “Es que teníamos qué agradecer a los donadores», dijo Elvia Holguera. Me pregunto si los demás tampiqueños, cuyos recursos se entregaban al museo, no merecían también un gesto de amistad. Puede decirse que esos vinos y filetes, al menos en parte, los pagó el pueblo.

No es un plato de comida para el público lo que se  pide aquí, sino más responsabilidad social, como hacen los museos serios.

Por desgracia, un sentimiento de avaricia parece cundir en el Museo de Tampico, donde hoy, a un año de operación, jamás han invitado a los reporteros a un recorrido. He aquí la razón de que no exista un reportaje completo de este recinto. Por lo mismo, tampoco parece tener un equipo de mercadotecnia.

Eso sí, toda la semana, desde el día inaugural, se publicaron fotos de Chucho Nader en revistas caras y redes sociales, alzado a la categoría de amante del arte. Esto también, por cierto, se saldó con recursos públicos.

Queda la impresión de que el proyecto sirve para fines políticos, hedonistas y comerciales, y no como símbolo cultural y de identidad para el puerto, incluso para la zona conurbada.

Como tal, el Museo de Tampico no es un proyecto terminado y aún puede corregirse y mejorar su funcionamiento. Pero, si es el monumento “más explícito de la riqueza de una ciudad”, como cree Josep Pla, entonces representa los sueños y actitudes de una minoría.

Opinión

Érase una vez… PTM

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En la política mexicana, hubo una época muy estulta en la que los funcionarios veían los humedales como terrenos improductivos. Sí, eran bien tontos, y según esa visión miope del desarrollo para ellos, identificaba un espacio natural inservible: simples pantanos que había que rellenar, drenar o convertir en fraccionamientos, vialidades y estacionamientos. ¡PTM! Así fue durante décadas; esa ignorancia ambiental se tradujo en millones de toneladas de concreto sobre ecosistemas cuya verdadera función nunca entendieron.

Después de toda esa ignorancia e irresponsabilidad, hoy seguimos conviviendo con alcaldes y/o legisladores que prometieron drenes que no han podido construir, y por consiguiente, ciudades con riesgo de inundaciones, acuíferos cada vez más agotados, temperaturas urbanas que aumentan año con año y una biodiversidad reducida a pequeños islotes rodeados por esa feroz expansión inmobiliaria.

Sin embargo, como si fuera un milagro, la  Laguna La Escondida, en Reynosa, será intervenida por el Gobierno de Tamaulipas que encabeza Américo Villarreal Anaya, quien dirige un proyecto urbano estilo europeo.

Sí, además, el Plan Maestro Integral para la regeneración de La Escondida estará alejado de la improvisación política y de los tiempos electorales porque el jefe del ejecutivo quiere que Tamaulipas convierta este espacio en un ejemplo nacional sobre cómo recuperar un humedal urbano sin condenarlo al cemento.

La recuperación de La Escondida tampoco será exitosa por retirar 325 toneladas de residuos sólidos y lirio acuático. Ese dato demuestra voluntad operativa, pero apenas representa el inicio de una tarea mucho más compleja: devolverle al ecosistema su capacidad para regular agua, temperatura, fauna y calidad ambiental en una de las ciudades fronterizas con mayor presión demográfica del país.

Pero, para lograrlo, viene la integración de universidades, especialistas, cámaras empresariales, organizaciones civiles y dependencias estatales dentro de un mismo consejo consultivo, que, representa, quizá, la mejor noticia del proyecto. La naturaleza necesita menos discursos y más instituciones capaces de sobrevivir a los cambios de administración.

Ojalá La Escondida no termine convertida únicamente en un parque bonito para la fotografía oficial.

Ojalá termine siendo el primer caso mexicano donde la política entendió, al fin, que el agua vale mucho más que el concreto.

En la intimidad…  Un grupo de estudiantes de preparatoria de la Universidad Autónoma de Tamaulipas decidió hacer exactamente lo contrario: mirar hacia donde casi nadie mira.

No diseñaron una aplicación para conseguir miles de seguidores. No buscaron viralizar un video de treinta segundos. Se encerraron en un laboratorio para intentar responder una de las preguntas más difíciles de la medicina contemporánea: ¿es posible combatir el cáncer sin destruir al mismo tiempo el tejido sano?

Fernando Aguiñaga García, Leslie Flores Rodríguez y Sofía Covarrubias, asesorados por la doctora Karely Anaya Garza y el doctor Enrique Rocha Rangel, desarrollaron un nanocompuesto de apenas 32 nanómetros, cerca de mil 700 veces más delgado que un cabello humano, capaz de reconocer el microambiente de tumores de mama y pulmón para activar un mecanismo de muerte celular selectiva.

Traducido al lenguaje cotidiano: Mientras la quimioterapia convencional golpea indiscriminadamente células sanas y enfermas, estos jóvenes buscan que el tratamiento ataque únicamente al enemigo.

Hay otro detalle que vuelve extraordinaria la investigación.

El material nace del bagazo de caña de azúcar y del quitosano obtenido del exoesqueleto del camarón. Es decir, residuos agroindustriales y pesqueros convertidos en ciencia de frontera.

Eso también es economía circular.

Eso también es desarrollo sustentable.

Y eso también debería ocupar los titulares nacionales.

Obtuvieron el primer lugar estatal en la Feria de Ciencias e Ingenierías Tamaulipas 2026 y representarán al estado en la competencia nacional del próximo año.

La pregunta ya no es si tienen talento.

La pregunta es si México tendrá la inteligencia suficiente para no perderlos.

Porque el verdadero desarrollo de un país no comienza cuando inaugura una obra pública.

Comienza cuando decide cuidar a quienes algún día serán capaces de cambiar el mundo desde un laboratorio.

davidcastellanost@hotmail.com
@dect1608

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Opinión

¡Maldito pez Diablo hdtpm!

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Hoy comienzo dirigiéndome a quienes tienen 16, 17 o 18 años. Tal vez todavía no sepan qué estudiar. Y está bien. Lo que no estaría chido es creer que una profesión sirve únicamente para ganar dinero.

Eso es demasiado poco para una vida completa.
Un ingeniero puede construir un puente.
Un médico puede “devolverle años” a una persona.
Un abogado puede impedir una injusticia.
Un contador puede rescatar una empresa familiar.
Un científico puede cambiar la economía de toda una región con una idea que nació en un salón de clases.

Ninguna de esas cosas ocurre por accidente. Ocurren porque alguien decidió estudiar en serio.

También quiero decirles otra cosa. No permitan que les roben la capacidad de asombro.

Nadie sabe cuántos amigos tenía Alexander Fleming cuando descubrió la penicilina. Pocos podrían decir cuántos aplausos recibió Norman Borlaug antes de revolucionar la agricultura moderna. Muy pocos recuerdan cuántas entrevistas concedió Mario Molina antes de demostrar que la capa de ozono estaba siendo destruida. A todo mundo le valdrá madre cuántos pinches seguidores o likes alcanzaste hoy.

¿Verdad que la historia es injusta con la popularidad? Ah, pero eso sí, extraordinariamente generosa con la utilidad, y quizá ni siquiera tengas edad para entenderlo y ese es el mayor desafío que enfrentas en tu edad adulta, y más la juventud mexicana.

A mí no me crea, pero dicen los expertos que estamos ante la primera generación que tiene el conocimiento de la humanidad completo dentro del bolsillo y, paradójicamente, también es la primera que corre el riesgo de pasar horas enteras sin hacerse una sola pregunta importante. #THDSPM

Atención aquí. El algoritmo recompensa al que entretiene, pero la vida recompensa al que resuelve. Son dos cosas completamente distintas.

Mientras millones de jóvenes compiten todos los días por unos cuantos segundos de atención en las redes sociales, tres universitarios de El Mante decidieron competir contra algo infinitamente más difícil: un problema que llevaba años derrotando a cientos de familias.

Los estudiantes de Contaduría Pública, Adrián Hernández Nieto, Sebastián., Fernández Rivera y Judith de León Sánchez, asesorados por el Dr. Alejandro Trujillo Jiménez, diseñaron un método de procesamiento viable y seguro.

El proceso consistió en recolectar ejemplares de pez diablo y someterlos a una cocción controlada para conservar sus propiedades nutricionales. Posteriormente, los filetes se mezclaron con zanahoria y chayote para elaborar un alimento húmedo óptimo para felinos; el resto se pulverizó en harina para integrarse a una mezcla balanceada con melaza, sales minerales y maíz, consolidando bloques sólidos para el ganado.

Ellos no buscaron hacerse virales; lo que pretenden es hacerse útiles. Tomaron una especie invasora que durante años ha destruido el equilibrio de ríos y lagunas, reducido las capturas de pescadores y afectado la economía de comunidades enteras, y decidieron convertir el problema en solución, y justamente así comienza casi toda revolución científica.

No con respuestas. Con preguntas.

Bajo el liderazgo del rector Dámaso Anaya Alvarado, la Universidad Autónoma de Tamaulipas parece estar apostando precisamente por esa ruta: dejar de entender la investigación como un ejercicio académico para convertirla en una herramienta que dialogue con el campo, con los productores, con el medio ambiente, con la economía y con las necesidades de la sociedad.

Esa visión no produce aplausos inmediatos. Produce algo mucho más importante.

Confianza.

Mientras afuera el país discute quién tiene la razón, dentro de muchas aulas universitarias hay jóvenes que están intentando resolver los problemas que todos los demás solamente comentan.

Y esas aulas también merecen ser noticia.

Vale la pena defenderlas.
Vale la pena cuidarlas.

Vale la pena reconocer que existen espacios donde todavía se puede debatir una idea sin miedo, investigar con libertad y equivocarse para volver a intentar.

Nunca subestimen el valor de un campus universitario donde la mayor preocupación de un estudiante siga siendo terminar un experimento y no sobrevivir al camino de regreso a casa.

Eso también habla de un país.
Eso también construye futuro.

Dentro de veinte años, nadie recordará cuántos seguidores tenía el creador de contenido más famoso de este verano.

Pero es muy probable que algún productor del campo siga alimentando su ganado gracias a una idea que nació una tarde cualquiera en un laboratorio de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.

Esa es la diferencia entre hacerse famoso por un rato…
…y hacerse indispensable.

En la intimidad… Déjenme pedirles un último favor, especialmente a los más jóvenes.

No hereden el vicio de creer que toda obra pública es propaganda ni la ingenuidad de pensar que toda obra pública merece aplausos.

Observen.
Caminen su ciudad.
Pregunten.
Comparen fotografías de hace diez años con las de hoy.

Aprendan a distinguir cuándo una calle cambió una colonia y cuándo solamente cambió el discurso.

Esta semana, en el Tampico residido por Mónica Villarreal Anaya, la calle Privada Miramar dejó de ser una promesa de campaña para convertirse en una obra terminada. Después de más de cuarenta y cinco años de espera, llegaron el concreto hidráulico, la renovación de la red hidrosanitaria, las banquetas, las luminarias y una inversión superior a tres millones de pesos. Para una familia que durante décadas convivió con el polvo o el lodo, la política dejó de ser un concepto abstracto: empezó a parecerse a una mejora concreta en su vida diaria.

Eso no significa que el gobierno deba recibir cheques en blanco.

Significa exactamente lo contrario.

Que ahora la ciudadanía tiene más elementos para preguntar cuánto costó, cuánto durará, quién la construyó y qué colonia será la siguiente.

Ahí comienza la democracia adulta.
No en el aplauso automático.
Tampoco en la descalificación permanente.

Comienza cuando una generación entiende que el dinero público no pertenece a los gobiernos, sino a los ciudadanos.

Y cuando esa generación aprende a exigir con argumentos, los gobernantes dejan de administrar la opinión pública y empiezan, por fin, a administrar resultados.

davidcastellanost@hotmail.com
@dect1608

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Opinión

Gran noticia

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La conclusión de un hospital es una gran noticia. Pero el periodismo también obliga a mirar un poco más allá del corte de listón, de las fotografías oficiales y de los discursos que suelen acompañar las grandes obras públicas.

El nuevo Hospital General del ISSSTE en Tampico está prácticamente terminado. El 98 por ciento de avance anunciado por el director general del instituto, Martí Batres, coloca al proyecto como el más adelantado de la estrategia nacional de infraestructura hospitalaria.

En el sur de Tamaulipas durante años miles de trabajadores al servicio del Estado y sus familias han lidiado con mapaches e instalaciones rebasadas, consultas diferidas y traslados innecesarios para estudios especializados, la construcción de este hospital representa mucho más que una obra de concreto. Representa la posibilidad de recuperar: la confianza.

Las 150 camas, los 35 consultorios, los cinco quirófanos, el resonador magnético y la contratación de más de seiscientos especialistas hablan de un proyecto ambicioso. Pero la verdadera dimensión del hospital comenzará a escribirse el día que abra sus puertas. Será entonces cuando los ciudadanos evalúen si la inversión cumplió con su propósito o si quedó atrapada en la larga lista de buenas intenciones que tantas veces han acompañado a la salud pública mexicana.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido mantener la inversión en infraestructura hospitalaria como una prioridad de su administración. La enfermedad no distingue colores, tampoco credenciales políticas.

En la capital de las huastecas no se necesitan únicamente edificios modernos. Se esperan médicos suficientes, medicamentos disponibles, equipos funcionando y citas que lleguen antes que el padecimiento avance. La infraestructura es indispensable, pero la calidad del servicio termina definiendo el éxito o el fracaso de cualquier sistema de salud.

En Tamaulipas también hay una coordinación institucional que merece mencionarse. El gobernador Américo Villarreal conoce el sistema sanitario desde antes de la política y ha insistido en fortalecer la capacidad hospitalaria del estado. La coincidencia de esfuerzos entre el gobierno estatal y la Federación explica, en buena medida, que proyectos largamente esperados hoy estén cerca de convertirse en realidad.

Sin embargo, las administraciones cambian y los hospitales permanecen. Lo verdaderamente importante no será quién aparezca en la placa inaugural, sino quién encuentre alivio detrás de esas paredes dentro de cinco, diez o veinte años.

Si este hospital logra evitar traslados, reducir tiempos de espera y ofrecer atención digna a miles de familias del sur de Tamaulipas y de la Huasteca, entonces habrá valido cada peso invertido. Si además consigue recuperar la credibilidad de quienes durante años sintieron que la salud pública caminaba siempre un paso detrás de sus necesidades, el logro será todavía mayor.

En la intimidad… La Universidad Autónoma de Tamaulipas acaba de tomar una decisión que, aunque no ocupe las primeras planas, tiene un profundo significado institucional. La ratificación del doctor José de Jesús Guzmán Morales al frente de la Defensoría de los Derechos Universitarios envía una señal de estabilidad en un tema que no admite improvisaciones.

El rector Dámaso Anaya Alvarado ha insistido en que una universidad no puede presumir únicamente edificios nuevos o programas académicos renovados. También debe garantizar que quienes estudian y trabajan en ella encuentren espacios seguros, reglas claras y mecanismos confiables para hacer valer sus derechos.

Esa visión merece destacarse.

La Defensoría no existe para generar confrontaciones; existe para evitar que los conflictos crezcan, para escuchar antes de juzgar y para recordar que la autoridad también encuentra fortaleza cuando acepta ser observada.

Las universidades forman profesionistas, pero también forman ciudadanía.

Y cuando una institución fortalece sus mecanismos de justicia interna, no solo protege a su comunidad; fortalece su propia credibilidad.

Ahí, muchas veces, comienza la verdadera autonomía.

davidcastellanost@hotmail.com
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La semiótica de la alcaldesa

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Romantizar a un personaje asociado con el homicidio y el suicidio resulta, definitivamente, una decisión desafortunada, y eso parece estar sucediendo en la entidad desde Nuevo Laredo hasta Palacio de Gobierno del Estado y el Sistema DIF Tamaulipas.

Lo sucedido el fin de semana no creo que haya sido involuntario; bueno, quisiera creer que “olvidaron” la semiótica y, por consiguiente, lo importante que puede ser el comunicar con imágenes y gestos. El equipo de asesores  de Carmen Lilia se equivocó.

Definitivamente, puede ser un error político de un día, pero, en un momento de mayor relevancia, sí, más cercano a las definiciones de candidaturas y cuando los grupos internos se confronten, le podrán restregar duro lo que hasta hoy quedó atrapado en una fotografía que, si bien no le tumba “la candidatura”, se la puede desgastar.

Eso ocurrió este fin de semana en Nuevo Laredo.

Mientras supervisaba actividades oficiales, la alcaldesa Carmen Lilia Canturosas Villarreal apareció portando una playera con la leyenda de «La maestra de la escuela», personaje popularizado por el viejo corrido de Laurita Garza.

Laurita Garza no representa una historia de superación, ni de justicia social, ni de emancipación femenina. Su historia es la de una mujer que asesina al hombre que amaba y posteriormente decide quitarse la vida. Un crimen pasional convertido durante décadas en canción popular. 

¿Qué, no hay problema? ¡Caray! Apenas comienza.

No porque la música regional deba desaparecer. No porque los corridos deban prohibirse. Mucho menos porque una servidora pública pierda su derecho a vestir como desee fuera de su vida institucional.

El problema aparece cuando el símbolo deja de pertenecer a la esfera privada y se convierte en comunicación pública.

Toda alcaldesa habla incluso cuando guarda silencio.

Toda fotografía comunica incluso cuando nadie escribe un discurso.

Y esa imagen de Laurita Pin- Up con pistola en mano y un cigarillo encendido comunica exactamente lo contrario de lo que hoy necesita Tamaulipas.

Vivimos en uno de los estados que más ha luchado por desprenderse de la narrativa nacional que durante años lo identificó con la violencia, las desapariciones, el miedo y la presencia del crimen organizado. Allá en Nuevo Laredo, asesinaron a Benjamín Galván Gómez en 2014 y esa apología se la pueden restregar más adelante. A Tamaulipas le ha costado inversiones, turismo y generaciones enteras reconstruir una percepción distinta.

Por eso, romantizar —aunque sea involuntariamente— a un personaje asociado con un homicidio resulta, cuando menos, una decisión desafortunada.

Aquí aparece una segunda reflexión, quizá igual de delicada.

La imagen apenas provocó conversación en la mesa del café.

No hubo grandes debates.

No se convirtió en tendencia nacional.

No ocupó las primeras planas.

Eso puede parecer una buena noticia para su equipo de comunicación.

Yo creo exactamente lo contrario.

Porque quien aspira a gobernar Tamaulipas necesita estar permanentemente bajo el reflector político. Si un error de esa dimensión apenas genera discusión, quizá el problema no sea la fotografía.

Quizá el problema sea que la conversación pública de Tamaulipas todavía no gira alrededor de Carmen Lilia.

En la intimidad… Mientras algunos equipos de comunicación desperdician capital político en polémicas perfectamente evitables, el Gobierno de Tamaulipas parece haber entendido dónde se jugará realmente el desarrollo de las próximas décadas: en el agua.

Hay anuncios que no generan aplausos inmediatos porque no caben en un video de treinta segundos. Sin embargo, terminan cambiando la historia de una región.

El proyecto de El Moralillo, el PLIGÓN, la expansión del tratamiento de aguas residuales en PITAR y la reutilización industrial del agua pertenecen justamente a esa categoría.

Si esos proyectos llegan a concretarse, nadie preguntará dentro de treinta años cuántas conferencias de prensa ofreció un gobernador. Preguntarán quién garantizó que Tampico, Ciudad Madero y Altamira siguieran teniendo agua cuando el resto del país comenzaba a disputársela.

Ahí es donde debería concentrarse buena parte del capital político de esta administración.

Tamaulipas lleva décadas extrayendo riqueza de su territorio: petróleo, gas, puertos, comercio exterior, agricultura y energía. Es tiempo de que esa riqueza deje infraestructura permanente.

La costa tamaulipeca sigue esperando un sistema hidrosanitario digno de un destino internacional. Miramar necesita infraestructura que acompañe su crecimiento. Aldama continúa esperando accesos modernos hacia sus cenotes. El Bernal aún reclama caminos seguros que lo conviertan en un verdadero polo turístico.

Los reconocimientos siempre serán bienvenidos.

Pero los gobiernos no entran a la historia por las placas inaugurales.

Permanecen por las obras que siguen funcionando cuando ya nadie recuerda quién cortó el listón.

davidcastellanost@hotmail.com

@dect1608

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