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Cuando derribaron el infamante cuanto separatista y frío muro de Berlín, uno de los más tangibles y claros símbolos de la antigua guerra entre oriente y occidente, la del capitalismo contra el comunismo, la de los rojos versus el mundo de los mercados, todo mundo en aquel ya lejano 1989, fuera alemán o extranjero acreditado lo mismo de diplomático que en calidad de periodista, quería llevarse de recuerdo entre sus bolsillos, o bolsos o equipajes, un buen trozo, aunque hubiera sido pequeño, de aquella gran barda que dividió hasta entonces y por casi tres décadas a los sobrevivientes del país causante de la segunda guerra mundial.  Y quien quiso y pudo hacerlo, conservará todavía seguramente, si aún vive, ese pedazo de concreto que formó parte de la histórica y repudiada tapia (vaya paradoja).

Algo parecido sucedió con las ruinas de cualquier ciudad devastada por esa misma conflagración bélica, o por cualquier otra por lo menos en la era contemporánea, cuando del saqueo militar de los invasores o soldados intervencionistas se ha tratado.  Pero no sólo en los conflictos armados sucede esto: en lo deportivo abundan ejemplos como el del viejo,  desaparecido y ahora legendario «Yankee stadium» (algún pariente político, no recuerdo ya cuál, solía tener en el sótano de su casa, allá en Estados Unidos, una butaca enterita e impecable de ese parque de béisbol luego de su demolición), aunque en lugares como el Tampico de los contrastes donde nací, nadie se haya preocupado nunca por saber si quedó aunque sea polvo de la histórica plaza de toros Gaona, en cuyo espacio casi se termina de erigir ahora un moderno e impresionante, eso sí, domo religioso.

No todos los de por acá, sin embargo, pasan por alto las reliquias, las piezas de colección, cuando de pronto aparecen puestas ante sus ojos como servidas en bandeja de plata: son numerosos los bronces, entiéndase placas conmemorativas, que datando de la primera mitad del siglo pasado, o de mediados del mismo, han desaparecido de repente, y casualmente, apenas se le mete mano o intervienen a algún edificio histórico, o bien cambian de lugar a una estatua, como sucedió con la leyenda en metal que había en la hoy llamada plaza de las artes, apenas se movió de su pedestal al monumento a Morelos para llevarlo hasta el boulevard de ese nombre, al sur de la ciudad y puerto.

No sería raro suponer, si de eso se trata, que los trabajadores del municipio que tuvieron la encomienda de echar abajo dos de los antiguos mercados centrales en Tampico (y claro: también sus jefes) se hubiesen embolsado una piedrecita aunque sea, o un cachito de fierro, o alguna virutilla, de aquellos añejos módulos que conformaban los centros de abasto.  Más ahora que han surgido, salido a la superficie del suelo maderense algunas rocas de una estructura circular que, presumen la cronista local Carolina Infante y demás personas, podría haber sido el mítico tinaco de principios de la centuria anterior que le habría dado nombre al sector que actualmente se llama precisamente así: «Tinaco», bueno sería, ya andando en esas y viendo el entusiasmo que espontáneamente se tiene por proteger y preservar los pedazos de historia, por reciente que ésta sea, que las autoridades locales de Ciudad Madero, o la propia historiadora, se dieran a la tarea de rescatar por fin los tramos de riel del añorado tranvía, extinto en la primera mitad de los años setenta, y algunas de cuyas vías han resistido y de hecho permanecen aún frente a sus narices en pleno centro.  Para mayores señas: enfrente de la delegación local de la benemérita Cruz Roja.  Pero que lo hicieran antes de que alguien más vivo, por lo general un burócrata, tenga la misma idea, y a saber cómo los subastaría en el mercado negro.  Como hicieron ya con la mayoría de los postes, también de hierro, que había tendidos a lo largo de la avenida Monterrey como una antigüedad pública, dado que lucían los travesaños, cristales y pedacería de cable colgante que quedaba del ancestral, y también extinguido, servicio telegráfico.

 

 

 

Desde la redacción.

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