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¿Imperio Presidencial o Presidencialismo Imperioso?

La presidencia imperial fue el nombre con que un renombrado historiador contemporáneo de nuestro país definió a esa suerte de monarquía casi-perfecta compuesta por una misma casta de políticos, burócratas, generales, «hijos de papá» (hoy diríamos «mirreyes») y toda clase de personajes ligados directamente al sistema gubernamental, al poder en nuestro país, y al gobierno mismo, al compararlo con un reinado en el que sencillamente el trono se le va dejando como herencia al más próximo en la línea sucesoria.  Frase que, acuñada por la época en que padecíamos los últimos lustros de un muy prolongado primer período del priísmo,  aludía simultáneamente a esa calidad de «intocables» que, en términos de crítica, tenían todos los mandatarios nacionales, a quienes sólo les hacía falta la hilera de condecoraciones junto a la solapa del saco para completarles el aire de déspotas, más que caudillos, que adquirían apenas les era impuesta la banda presidencial.  El nombre mismo del que por mucho tiempo fue edificio sede del gobierno al tiempo que residencia oficial, es decir: el Palacio Nacional, les daba ya de por sí las condiciones para sentirse con el derecho a ser queridos cual si hubieran sido semi-dioses, y tratados a cuerpo de rey en el sitio donde se plantaran.  Situación que, vale decirlo, parece haber degenerado en una tendencia totalmente opuesta en nuestros días, acaso por ese nuevo despertar cívico del mundo merced al ruido de «las redes sociales».  Y la presidencia imperial aquella, que se fue finalmente por el voto democrático de los mexicanos en el que ya parece muy lejano año 2000, volvió por sus fueros y a través de la misma vía en el ciclo verano-otoño 2012: el grupo político Atlacomulco, que tantos presidenciables aportó al acervo burocrático nacional, empezó a incubar la nueva dinastía desde la segunda mitad del pasado decenio.  Así fue como resurgieron esa imaginaria figura y la del dinosaurio, el «alter ego» monstruoso de tan singular sistema político.

Ahora bien: en la actualidad, cuando tal reedición de la presidencia imperial se ha desgastado al punto de exterminio como en una especie de acto kamikaze de la política, más que por los errores cometidos, la falta de sentido social en aspectos como el costo de los energéticos para el consumidor, y el empecinamiento en la aplicación de reformas legales que no cuentan con una clara aceptación, ya no digamos el respaldo, de la mayor parte de los mexicanos, se logra avistar, en el horizonte electoral y desde hace ya un buen tiempo, un par de variantes de esa forma de gobierno, como posibilidad real propuesta por dos corrientes ideológicas diametralmente opuestas: derecha e izquierda.  Una de tales variedades de la presidencia imperial vendría siendo exactamente su opuesto: el imperio presidencial.  Imperio preideencial, por aquello de que una familia llegada al poder se crea con el privilegio divino de perpetuarse (como si fuera un reclamo noble de la realeza), pero desde la presidencia, cual es el caso de esa especie de familia peluche venida a más de apellidos Calderón Zavala.  Efectivamente, y como no ocurrió jamás en el siglo pasado ni los anteriores, o nunca en la  historia de nuestra patria (para acabar pronto), se propone que sea la esposa de un expresidente mexicano: doña Margarita Zavala, ni más ni menos, quien contienda para suceder al actual mandatario nacional.  Lo más cercano que se había estado en México de tener a una ex «primera dama» como abanderada a la presidencia fue, paradójica pero también curiosamente, durante el mandato del primer presidente que llegó a tal cargo bajo una bandera opositora, en lo que ha sido la histórica transición a la alternancia que encarnó Vicente Fox Quesada.  Martha Sahagún, quien había sido vocera suya desde sus tiempos como gobernador de Guanajuato, empezó a hacerse ver y escuchar, hasta el punto de sonar como sucesora, desde el momento mismo en que se convirtió en la señora de Fox, al casarse con el presidente en pleno sexenio.  Fue precisamente lo prematuro de su lanzamiento como presidenciable el factor que dio al traste con sus aspiraciones, si acaso las tuvo, ante el embate inmisericorde de analistas, la prensa y el resto de los medios masivos de difusión.

El otro nuevo tipo de presidencia imperial que llega como propuesta hasta nuestros días es esa clase de presidencialismo imperioso propuesto por la persona de Andrés Manuel López Obrador, quien está por empatar a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en el número de veces que consecutivamente se ha postulado para presidente de México.  La palabra «presidencialismo» es un traje que le viene muy a la medida y que luciría gustoso el tabasqueño, si se tiene en cuenta el significado de tal término, que se refiere a una cultura ya erradicada, pero que estuvo no sólo arraigada en el sistema político nacional durante todas las décadas anteriores a la derrota del PRI en aquella elección presidencial del 2000, sino incluso aceptada dentro de la sociedad mexicana a lo largo de todo ese tiempo al que el peruano Vargas Llosa bautizó como «dictadura perfecta».  La práctica, como uso y costumbre tradicional, de rendir pleitesía, respetar al máximo y casi ni tocar en el sentido crítico a la figura del presidente, ni desde una primera plana, ni desde el seno del hogar, ni en la calle, so pena de ser arrestado, si no es que hasta desaparecido, era común entonces, en esa era del «presidencialismo», para el que sólo se valía, como comentarios hechos en público, las alabanzas, la idolatría y aplausos.  Vítores y porras al pisar las plazas públicas, abrazos, besos y apapachos, eran, por decir lo menos, una exigencia sobre-entendida, pero, ¡ay de aquél o aquélla que se atrevieran ya no digamos a hablar mal, sino a decir en un acto oficial o a través de algún medio que el presidente en turno no había hecho tal o cual cosa bien…! Le llegaba una investigación segura por parte de los órganos de seguridad, o mínimo una auditoría hacendaria.  Y cuando uno, hoy en día, opina en contra de don Peje por redes sociales, o enfrente de alguien que sea su simpatizante, por más sana y respetuosa que sea dicha opinión, si es contraria a los intereses del señor AMLO, ¿qué es lo que ocurre, por lo regular?  Pues nada: el arrebato imperioso, impetuoso y molesto de aquel que ha escuchado, leído o visto al detractor de su muy personal divinidad, justo como lo hace el mismo sujeto de la adoración, es decir, Andrés Manuel López, cada vez que alguien no habla a su favor, por más que se trate de su propio hermano.  El presidencialismo imperioso en su más pura expresión.

¿Quién habría podido pensar que el eslabón perdido de las dos sopas políticas que para el futuro inmediato se nos ofrece como alternativa a un casi desahuciado dinosaurio priísta, iba a ser ni más ni menos que el fundador del primer partido que postuló a AMLO, y que lo hizo dos veces candidato, o sea, Cuauhtémoc Cárdenas?  Y es que, aparte de esto último, que lo une al de Tabasco, está el hecho de que, como lo hace ahora Margarita Zavala, el hijo del general Lázaro Cárdenas Del Río buscó, allá en 1988, regresar en realidad a Los Pinos, donde ya había vivido, y de hecho nació, gracias a que el jefe de su familia logró ser presidente de México en ese entonces.  Un regreso que Cárdenas Solórzano sí había ganado al final por la vía derecha, y no pretendiendo impugnar finales de fotografía escrutados por ciudadanos, ya que en 1988 era el gobierno federal el que organizaba las elecciones, y no existía el INE.  Y fue el gobierno federal el que tumbó aquella elección con el apagón aquél y la tristemente célebre «caída del sistema», cínica maniobra orquestada desde la secretaría de gobernación, rectora entonces de los comicios, y de la que estaba a cargo el otrora priísta Manuel Bartlett Díaz… amigo y cercano colaborador, ahora, del Peje.

Desde la redacción.

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