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Fotos y Texto:  Jesús Bravo.

El casi invisible espectáculo del plenilunio trascendió a la madrugada, pero apenas si se dejó ver por instantes al amanecer de este martes hacia el poniente de Tampico: los nubarrones que avanzaban desde el extremo opuesto cubrieron de inmediato la totalidad del cielo de la conurbación, y no pasó mucho tiempo antes de que ese manto gris descargara  su ráfaga húmeda sobre la geografía de este conglomerado urbano situado entre el río Pánuco, el sistema lacustre del “Chairel” y el Golfo de México.

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Y aunque sólo duraría la mitad de un día, fue intensa aquella precipitación pluvial, que bien pudo quitar hasta las manchas más difíciles de las azoteas, cornisas, toldos, terrazas, monumentos y zonas peatonales como esa de la calle Salvador Díaz Mirón, en el centro de Tampico, cuyos adoquines se vieron atacados de pronto no sólo por la caída misma de tan fuerte lluvia, sino por el disparo a presión de los múltiples goterones que se hacían presentes auténticamente a chorros.

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Entre las calles Fray Andrés de Olmos y Aduana, sobre la arteria anteriormente citada, uno podía ver, como Armando Manzanero mientras se inspiraba en su famosa canción, a la gente correr al atravesar hacia la otra acera por la falta de paraguas, y a quienes lo portaban se les veía de cualquier manera apresurando el paso, e incluso parecía que las figuras mismas de una escultura, que apuntan hacia la Plaza de Armas, intentaban saltar desde su pedestal y salir corriendo de ahí, del área peatonal.

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Como líquidas relámpagos que azotaban la superficie, los chorros del desagüe de las marquesinas hacían “valla” a los viandantes casi como los arcos de agua que se estila en los aeropuertos cuando hay un vuelo inaugural, y al caer con estrépito formaban, sobre la peatonal, explosiones de humedad a las que bien se pudo musicalizar, para hacerlas ver como esas fuentes “cantarinas” con las que se adorna, de vez en cuando, uno que otro parque público.

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Una de esas caídas indicaba con exactitud, desde su gárgola, dónde es que se debe de colocar la basura cuando anda uno en la calle, y una vez que cesó la intensidad de aquella actividad lluviosa, los que aguardábamos bajo las salientes de los locales pudimos retomar nuestro andar entre el adoquín recién lavado y el pavimento de las otras arterias convertido en arroyo que había que cruzar a la luz de los faros vehiculares, y ya afuera de la muy mojada zona peatonal.

 

Desde la redacción.

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