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La charrería, ese colorido cuanto estético espectáculo-deporte nacional que es toda una tradición y casi que arte sacro en estados como Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas y hasta el Distrito Federal, y que en mediana o menor medida tiene presencia aún en otras entidades del país, solía ser una fiesta pública, un festival al alcance del pueblo por lo menos una o dos veces al año en Tampico, cuando las fiestas de Abril (la celebración anual de la ciudad) y la feria de otoño eran todavía una tradición apegada a la típica exposición nacional de productos, artesanías y expresiones artísticas impregnadas de las costumbres y el ambiente campesino, ganadero, agrícola, pesquero, portuario e industrial, y tenían como escenario, como sede habitual y que se llegó a pensar permanente, el muy privado y particular lienzo charro propiedad de la respectiva asociación denominada «La Herradura», tanto fue así que en dichos terrenos fueron construidos locales o módulos fijos de material pétreo que albergarían periódicamente a los eventuales expositores para la posteridad.  Pero 1995 fue tal vez, si la memoria no falla, el último año en que esas instalaciones alojaron tanto a la festividad del aniversario de Tampico, como a la otoñal exposición artístico-comercial-culinaria, porque desde hace dos décadas los predios adyacentes al puente Tampico y la unidad deportiva, que sí son de la ciudad, fueron adaptados para tales efectos por obra y gracia de un gobierno de transición, y lo de la charreada fue alejándose de la población a pie hasta dejarla de plano fuera del redondel.  Y así, no quedó en las ferias o feria anual más aproximación a admirar jinetes y amazonas que la ofrecida por las pequeñitas y chicos que montan los caballitos del carrusel.  Triste y acaso cruel, pero cierto y evidente… aunque no eterno, a fin de cuentas, como tampoco lo fue La Herradura de la colonia El Charro, de la que, dicho sea de paso, llegó a desaparecer hasta el muy pintoresco restaurante «La Hacienda» ante la falta de actividad.  ¿Y por qué no es para siempre la realidad ausente de los que cabalgan por deporte…?  Bueno, pues por el hecho de que aquello con lo que la asociación de charros suplía por temporadas al deporte nacional, y que es el deporte hípico o ecuestre, sería ya la especialidad por entero de esa casa si se cumple la versión que se le compartió a este columnista: «que’sque» en ese lugar, la antigua instalación de las fiestas de Abril, habrá un club especializado en la práctica y enseñanza del polo a caballo, así como en todo tipo de artes relacionadas con la monta de corceles, incluidas las carreras de potros y corzas en la forma de hipódromo, todo de primer mundo y a la par con el nuevo esplendor que estará teniendo Tampico, aseguran, en el futuro inmediato, cuando de lleno vuelvan las viejas y nuevas compañías petroleras como aves de rapiña a la ronda de una desahuciada Pemex… ¿es neta?

Y hablando de caballería: que quienes ya tienen lista la suya en forma de unos quinientos jinetes del apocalipsis seccional, para empezar y espantar a los que traten de ponérseles enfrente, son el doctor Ricardo Manzur Oudié, primer ahijado político de ese mustang mexicano de la política apodado «El Bronco», y un muy brioso equipo de colaboradores al lado de los cuales, el próximo domingo en un vasto espacio a cielo abierto, dará la clásica voz de «¡Arrrrrancaaaan!» a los que estarán montándole semejante caballo al escenario previo al proceso local electoral del 2016.  Tan así, que hasta los charros de la asociación local maderense tendrán que juntar herraduras de la suerte para regalárselas a su natural prospecto, que, obvio, no es el doctor… y los otros (¿y otra?), igual.

En Tampico, quien ha dado zancadas largas para sacar cuerpos de ventaja a los demás jockey’s es la maestra Magdalena Peraza Guerra, quien ha transformado su espacio en una fina exhibición de amazonas y cowboys de la política que, uno tras otro, pasan diariamente a hacer la salutación correspondiente a la exalcaldesa para ponerse a sus órdenes y disposición, como lo han hecho ya la lideresa de las despicadoras, Aureliana Núñez, el dirigente de los voceadores y expendedores de diarios y revistas, Héctor Molina, un expresidente de Canaco Tampico y propietario de conocida vinatería, la dueña de un hospital materno-infantil, y el presidente, ni más ni menos, del Consejo de Instituciones Empresariales del Sur de Tamaulipas y la Huasteca, Luis Apperti Llovett… entre otros. ¡Vaya escaramuzas!

A nivel estatal alistan su caballada sustentable, para estar listos lo mismo a jalar el carro completo del PRI que a pegar la carrera solos, los caballitos del Verde que corren y corren, los grandotes y los chiquitos, porque allá en la caballeriza del CEN el tucán albino, Arturo Escobar, los llamó a la reestructuración.  Así, Marcelino «Peñanietito» Cisneros, exregidor porteño y dirigente del partido verduzco en Tamaulipas, coordina a sus juventudes del México nuevo para tratar de «hacer la chica» en grande el año entrante, en lo que serán las elecciones locales de gobernador, presidentes municipales y diputados locales, vayan o no en solitario, como el famoso llanero.  Por lo pronto, a alimentar la militancia con buena alfalfa estratégica y logística desde el granero mismo, y qué mejor si es el granero aquél que tiene el diputado estatal del verde, Patricio Edgar, en la calle Tampico, del que casi no sale el viejo «pony» del futbol local, Pepe Del Olmo Blanco (¿no que del Árbol Grande…?).  Patricio Edgar, de los pocos diputados serios por el hecho de que se dedica más a legislar y gestionar, que a «figurear», está trabajando precisamente en la suma de más potrillos y vaqueritas al padrón de los verdes, a fin de que en el 2016 puedan recuperar el lugar del que por nada y los desplazan, en el estado, los anaranjados… casi que por una nariz.

 

 

Desde la redacción.

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