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Charles de Foucauld me cautiva con la siguiente reflexión: “Prefiero el ingenuo canto de un niño, a la más bella música del mundo; ese canto –como el alba– contiene toda esperanza.”

Para el campesino de Güémez, un niño compendia la esperanza de un mundo mejor, un mundo en armonía, basado en la alegría y la solidaridad; un niño es una señal de que Dios nos regala una sonrisa, como muestra inequívoca de que el amor todo lo puede y todo lo transforma.

Cuando te das tiempo para disfrutar el aquí y el ahora, con paz, alegría, amor y felicidad, sin saberlo, acaricias amorosamente a tu niño interior, a la sazón como por un sortilegio, un intenso brillo ilumina tu rostro y llega a tus ojos, al alma… a tu vida.

Entonces te maravillas con los resultados, descubres que “en la vida no hay magia… hay magos”, te conviertes en mago, que haces de tu tarea una obra maestra, sin saber ¿Cómo o por qué? conectas con tu brújula interior, haciendo que aflore todo el potencial que vibra dentro de tu ser.

Todos tenemos en nuestro espíritu el niño de nuestra vida, el de nuestra infancia, ése que es nuestro fiel compañero; detrás de la hiperseriedad de adulto, anida el brillo, la alegría, la felicidad, la plenitud, el amor de tu interior, cuando eres capaz de reconocerlo y amarlo, se renueva poderosamente la vitalidad de tu energía.

Sin que lo sepas, tu niño interior confía en la vida, elimina el miedo, sale a ganar, porque no tiene miedo a perder, reduce su ego a la mínima expresión, es auténtico, se da permiso de amar a plenitud, sonríe, goza de una alegría permanente, rechaza la violencia, vive el milagro del HOY intensamente.

Tu niño interior, perdona con facilidad; olvida los rencores; ama más; no hay odio en su alma; para él, el más modesto alimento, es el platillo más suculento; no conoce de tiempos, sólo vive en el presente, tampoco conoce del protocolo; goza de la simplicidad; tiene muy arraigado el don de dar; a cada paso del camino da amor, da una sonrisa, da alegría, su vida se pasa en dar, porque metafísicamente dar, es la mejor manera de recibir.

Por las mañanas, cuando nos miremos al espejo, conectemos la mirada con nuestros ojos, llamemos a nuestro niño interior y digámosle: “Porque yo soy tú y tu eres yo, a partir de este momento te amo intensamente, te cuido, te protejo, te bendigo, te alimento, te sonrió, voy de la mano contigo, tu estas bien… ¡y yo también! AMÉN”

HOY date tiempo para amar y acariciar al niño que hay en tu interior, hazlo crecer con mimos, te sorprenderás con el brillo que llegará a tu vida, los resultados te maravillaran, harás más ligero tu viaje, cambiarás positivamente la manera de visualizar al universo, redescubrirás la magia de la vida y te reencontrarás con la energía vital que vibra dentro de tu ser.

Tu niño interior se da permiso de errar para crecer, para él no hay límites, ni términos medios; enfoca tu energía en que ¡si se puede! vive la vida a plenitud, cuando lo amas, lo acaricias, lo mimas, te ayuda a crear una realidad espectacular.

Cuando atraes a tu vida los recuerdos del niño que habita en tu interior, en automático conectas la mente, cuerpo y espíritu, alineándolos con el universo, haciéndote merecedor de la abundancia de bienes y dones que la vida tiene especialmente para ti.

Cuando espiritualmente, en un sublime acto de amor a ti, conectas con tu niño interior, haces que cada instante del día… ¡sea el cielo en la tierra!; vives en la plenitud del amor y con sana alegría.

A propósito el Filósofo que lleno de ingenuidad provinciana y buena fe, disfruta la alegría de su niño interior, por la mañana al salir a la labor, ensillando al “solovino” –su burro– dice:

— ¡Vieja!, me he dado cuenta que mi burro es una experiencia religiosa.

— ¡Ah chinga, chinga…! ¿Por qué?

— Porque cada mañana rezo… ¡PA’ QUE ME HAGA CASO!

filosofo2006@prodigy.net

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