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Tampico, Tamps., miércoles 27 de mayo de 2015.
¿Ya comiste?, le pregunto al pequeño que ha hecho una pausa en su diaria jornada laboral (sí, trabaja a diario) para sentarse, espontáneo como es él, a platicar con un reportero que apenas si levanta la vista para decirle «¡Hola, amigo!», mientras no para de escribir sus últimas notas de la mañana para los portales donde se las publican…. como ésta última, precisamente: la de Manuelito, jovencito que, mochila a sus infantiles espaldas, me cuenta que quiere ir al cine este jueves, último del mes, porque cobran 15 pesos, «y en sala ‘tresdé’ 25», añade.

El chavalito este responde que no, pero que tomará un poco del dinero obtenido con su venta del día para comprarse un ‘sobgüei’, aunque no lleve a esa hora vendida ni la mitad de las 28 bolsitas de botana que su mamá le preparó, como lo hace todos los días, para irse a ofrecerlas al palacio municipal, donde va él y vende, como lo hace también a veces en refinería, o a la salida del cine al que quiere ir a la tarde siguiente, contento como está porque este miércoles ha sido la primera vez que en su escuela lo dejan ir sin uniforme, y con la pequeña mochila donde lleva sus frituras, sólo para que pueda irse derechito a su prematuro trabajo apenas saliendo de clase, y sin que tenga que ir a cambiarse a su casa.

Le digo que se apure entonces, porque pienso llevarlo a comer a ese lugar de la peatonal del centro que me ha mencionado y donde quiero presentarle a una amiga que se conmovió con su historia, no sin antes comprarle una bolsita de maní con ajo y chile seco, habiéndole dado ya sus 25 pesos para el cine, porque creo que se lo debo, así que él, el niño-hombre Manuel, corre entusiasmado a tratar de vender cuanto pueda a otras áreas del palacio municipal porteño, y regresa diciendo feliz que logró vender en total dieciocho, que «nada más» le quedaron diez de las 28 que su madre le empaquetó… pero cuando estoy con el chico en la fila del establecimiento de comida rápida me cuenta que jamás ha comido ahí, y yo quedo sorprendido porque creí, no sé por qué, que aquel plan suyo era de rutina.

Sabri, mi amiga, nos alcanza ahí cuando ya él está dando indicaciones de cómo le preparen esa suerte de baguette, y se lo presento: le dice que va a comprarle su balón, pero que se salga de la fila, porque va a llevarlo a comerse una hamburguesa en la franquicia aquella que tiene una estrella como logotipo (ella no sabe que él me acaba de contar que «nunca he ido tampoco ahí, porque es muy caro»), pero como ya pedimos, yo propongo que mejor le compre sólo el balón, y así lo decidimos… hasta que él, platicando, nos dice sin darse cuenta que mejor se va a comer el bocado ese en su casa, para darle la mitad a su mamá.

A estas alturas de la historia el niño ya ha terminado de partirme la crisma, de modo que lo llevamos al restaurante por invitación y cortesía de Sabrina, y mientras yo voy y compro el prometido balón a media cuadra de ahí, ella escucha de su propia voz la historia personal del niño héroe de actualidad que lleva promedio de 9, que tiene dos hermanos menores, otro un año mayor que él, y la hermana más grande, que va en bachillerato, familia a la que mantiene sólo su mamá, a la que acompañó un día antes a hacer pagos y quien trabaja en una tienda departamental de la zona dorada desde que su papá, a quien tanto quería y que tanto los cuidaba a todos, e iba por sus hijos a la escuela, y les daba 20 pesos diariamente de lo que le daban los vecinos de la colonia donde era velador, lo desaparecieron un día, hace más de un año, que él no olvida… y cuyo recuerdo refleja en esa muy escurridiza sonrisa que a duras penas se asoma cuando da las gracias.

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