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@dect1608

La Epístola de Melchor Ocampo, escrita en 1959, parece haber quedado obsoleta. En la actualidad las costumbres de la mujer, no se basan en su belleza y abnegación y mucho menos están bajo la tutela del hombre; hoy la realidad es otra.

Tamaulipas, es el único Estado de la República Mexicana, en el que la Epístola de Melchor Ocampo, sigue siendo leída a quienes están por contraer matrimonio, por lo que de aprobarse en la entidad las bodas entre personas del mismo sexo a 56 años de su redacción, podría estar próxima a quedar solamente en un recuerdo histórico juarista.

Según encuestas de la suripanta perredista, el 42 por ciento de la población tamaulipeca, avala las bodas gays; el 20 las rechaza y un 38 por ciento, es indiferente a lo que decidan los homosexuales, por lo que a mediados del mes de junio, el Diputado del Partido de la Revolución Democrática, Jorge Osvaldo Valdez Vargas, se pronunciara en el Congreso a favor de los matrimonios homosexuales y defenderá la propuesta de reformar el código civil contra todo y contra todos, incluso contra sus propios principios y valores, pues este personaje tamaulipeco, nacido en Nuevo Laredo y que durante muchos años ha vivido de los negocios del giro negro, es reconocido por haber golpeado durante la elección interna del PRD a un dirigente vecinal conocido como “la Mayra”.

El matrimonio homosexual ya es válido en Estados como Coahuila y el Distrito Federal por lo que Tamaulipas, está próximo a reformar su Código Civil para que puedan casarse, aunque la Diócesis de ciudad Victoria, ha exhortado bajo la mesa a los Diputados de la Sexagésima Segunda Legislatura, ponerle una enorme, frondosa y curveada trampa al tema, pues los religiosos no quieren, no quieren y no quieren que se casen los nenes con los nenes y las nenas con las nenas; aunque a decir verdad, parece justo que estos ciudadanos deben ir legalizando más que sus quereres, sus bienes para que cuando uno de los dos falte, no quiera llegar algún avivado con la intención de despojar del todo al “viudo” o “viuda”, me parece que esto es más que nada lo que deben procurar tanto homosexuales como los creadores de leyes en Tamaulipas y México.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación, giró en meses pasados, más de setenta amparos para que algunas parejas homogays puedan casarse en Tamaulipas y los preparativos para la primara boda homosexual en el Estado están avanzados, según será el próximo diez de junio en Tampico cuando dos mujeres unan sus vidas con todas las de La Ley.

Y como la mayoría de las parejas gays que obtuvieron su amparo, son de Nuevo Laredo, el diputado de esa misma ciudad y quien por cierto gusta de protestar desnudándose en tribuna, presentará su propuesta en la sesión del Congreso itinerante a realizarse el próximo 17 de junio en aquel municipio fronterizo; esto luego de que los Diputados tamaulipecos, reformen la ley electoral en la que todo indica, será obligatorio que 21 mujeres y 22 hombres o viceversa, vayan por las alcaldías del Estado, mismos que podrán obtener al menos un periodo de reelección, siempre y cuando vayan por el mismo partido… pero bien, esta es otra historia y será definida para finales de mayo, fecha límite para que el congreso local presente la reforma político electoral.

Aquí la Epístola de Melchor Ocampo:

Declaro en nombre de la ley y de la sociedad, que quedan ustedes unidos en legítimo matrimonio con todos los derechos y prerrogativas que la ley otorga y con las obligaciones que impone; y manifiesto:

Que este es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado.

La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter. El uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia, fidelidad, confianza y ternura, ambos procurarán que lo que el uno se esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la unión. Que ambos deben prudenciar y atenuar sus faltas. Nunca se dirán injurias, porque las injurias entre los casados deshonran al que las vierte, y prueban su falta de tino o de cordura en la elección, ni mucho menos se maltratarán de obra, porque es villano y cobarde abusar de la fuerza.

Ambos deben prepararse con el estudio, amistosa y mutua corrección de sus defectos, a la suprema magistratura de padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus hijos encuentren en ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de modelo. La doctrina que inspiren a estos tiernos y amados lazos de su afecto, hará su suerte próspera o adversa; y la felicidad o desventura de los hijos será la recompensa o el castigo, la ventura o la desdicha de los padres. La Sociedad bendice, considera y alaba a los buenos padres, por el gran bien que le hacen dándoles buenos y cumplidos ciudadanos; y la misma, censura y desprecia debidamente a los que, por abandono, por mal entendido cariño o por su mal ejemplo, corrompen el depósito sagrado que la naturaleza les confió, concediéndoles tales hijos. Y por último, que cuando la Sociedad ve que tales personas no merecían ser elevadas a la dignidad de padres, sino que sólo debían haber vivido sujetas a tutela, como incapaces de conducirse dignamente, se duele de haber consagrado con su autoridad la unión de un hombre y una mujer que no han sabido ser libres y dirigirse por sí mismos hacia el bien.

 

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