Polillazos…
Por Erik Huerta
Si usted pensaba que la política mexicana es aburrida, permítame llevarlo de la mano por un episodio digno de telenovela, con traiciones, encierros y hasta un bailecito con todo y besito comprometedor. Vamos al municipio de Altamira, donde en los años 90 se gestó una de esas historias que parecen sacadas de un guion de comedia política.
Los protagonistas de nuestra historia son Manuel Cavazos Lerma y Juan Genaro de la Portilla Narváez, exalcalde de Altamira en dos ocasiones.
Juan Genaro, en 1994, mientras ocupaba una curul como diputado local, se encontró con una sorpresita: le retiraron el fuero y fue procesado por la adquisición de dos retroexcavadoras durante su administración municipal pasada (1990-1992).
Pero lo sabroso viene en el trasfondo, pues se dice, se cuenta, se rumora que su destino tras las rejas tuvo menos que ver con las retroexcavadoras y más con un episodio que habría sacado de sus casillas al entonces gobernador Manuel Cavazos Lerma.
¿Qué pasó? Bueno, según la leyenda política, durante la campaña a alcaldes en Tamaulipas, al buen Cavazos Lerma o el Viejo del Sombrerón como le conocían, le jugaron una bromita: durante un mitin político en la colonia Nuevo Tampico, con una luz tenue lo hicieron bailar con un Travesti sin que él lo supiera. Y aunque el baile fue breve, el rencor duró años, pues aquel Trasvesti le estampó un besito en la mejilla al ex gobernador, lo que hizo retumbar al unisonolas carcajadas de los militantes y simpatizantes priístas.
Y es que se trataba de un hombre vestido de mujer que al calor de la algarabía y la casi nula visibilidad, hizo que el ex mandatario pensara que se trataba de una despampanante mujer rubia y por unos minutos se quedó con esa sensación.
No dudamos que en esos breves instantes se haya preguntado, quién es este mujerón, pero en realidad, era un hombre que vestido de mujer rubia, laboraba de «fichera» en un bar en Ciudad Madero, al que le denominaban Bananas.
Al parecer, el gobernador no vio el humor en la situación y, poco después, De la Portilla pasó de ocupar una oficina en el Congreso Local a una fría celda en el Palacio de Andonegui.
Genaro de la Portilla, quería ser alcalde de nueva cuenta y estaba en la lista del Gobernador.
Pero también lo estaba Sergio Carrillo Estrada, hoy finado. La disputa por el cargo era entre ellos dos.
En dicho mitin político de los precandidatos priístas, Genaro por un lado y Sergio por el otro, las patadas bajo la mesa no se hicieron esperar, y ese día no fue la excepción.
Según nuestros historiadores, durante la fiesta política que se tenían allá por el sector Miramar y al calor del bailongo, fue el propio Sergio Carrillo, quien urdió el maquiavélico plan, toda vez que ordenó a su leal asistente, Sabido Rocha Segura, que le acercara a la Trasvesti para que le diera un baile al gobernador.
Santiago Saldívar, un asistente de Cavazos Lerma, cuestionó a Sergio Carrillo, quién era esa mujer.
El entonces coordinador del programa «Mano con Mano», le contestó: «es un Trasvesti, se lo puso Genaro».
Fue entonces donde, al enterarse Manuel Cavazos, explotó la bomba. Altamira retumbó y hasta alcanzó el temblor a la entonces alcaldesa Delia Calles Badillo, pero esa es otra historia.
El proceso de desafuero fue inmediato. Escarbaron dentro de su administración pasada y de inmediato encontraron con qué fincar la responsabilidad. Ni tarde, ni perezoso se procedió al desafuero de De la Portilla. La noticia llegó como reguero de pólvora a Altamira.
Juan Genaro de la Portilla no se veía tras la rejas, pero no tenía escapatoria. La orden de aprehensión ya estaba en la mesa de aquella oficina de la Policía Judicial del Estado en la calle Mariano Abasolo del centro de Altamira en la que el propio Luis Eduardo Rodríguez Masso estaba al frente de la pesquisa.
Sabedor de esa orden de aprehensión, Juan Genaro huyó de Altamira y para ello, tuvieron que disfrazarlo de sacerdote; y quien condujo hasta la frontera, se habría vestido de mujer para no ser detectarlos.
Juan Genaro se refugió por algún tiempo en Laredo, Texas y después en McAllen. La búsqueda era incansable por parte de las autoridades. Tenían todo el rencor de Cavazos Lerma encima. O lo atrapaban o lo atrapaban.
Más subió la ira de Manuel Cavazos, cuando Romana Flores Rivera, esposa de Juan Genaro, a través del Partido Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, venció en las urnas a Carrillo Estrada, quien abanderaba al entonces poderoso Revolucionario Institucional.
Ya con Romana de alcaldesa de Altamira, meses después de andar a salto de mata, Juan Genaro decide entregarse.
Fue hasta 1998 que salió de prisión y Tomás Yarrington Ruvalcaba encampañado para la gubernatura, le dió la bendición para ir nuevamente como diputado local. Sergio Carrillo iría como alcalde.
Cavazos Lerma, se revolcaba de ira, pero él tenía mano para poner al próximo alcalde, no así, las diputaciones, pues la sucesión estaba en juego.
Todo esto que les remembramos y que hasta tuvimos que regresar todo el cassett 8 track, sale a colación con el reciente caso de misoginia de quien era nada menos y nada más, Secretario de Operación Política del PRI.
Y es que el comentario misógino de Manuel Cavazos Lerma, exgobernador de Tamaulipas, desató una oleada de indignación que trasciende el anecdotario de la política mexicana.
Al referirse a las acusaciones de intento de violación contra el diputado Cuauhtémoc Blanco, Cavazos Lerma tuvo la osadía de declarar: «A Cuauhtémoc primero tienen que probarle que intentó violar a la hermana, que no está muy violable que digamos».
La frase no sólo minimizó la gravedad de la denuncia, sino que reproduce la cultura de violencia que durante décadas ha relegado a las víctimas a un segundo plano. La misoginia política en México no es un hecho aislado ni exclusivo de un partido, sino un problema estructural que atraviesa toda la esfera del poder.
La reacción del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue inmediata: Alejandro Moreno «Alito», su dirigente nacional, anunció la destitución de Cavazos Lerma como Secretario de Operación Política. Fue un gesto necesario, pero insuficiente, porque mientras se sanciona a quien profiere comentarios aberrantes, se sigue protegiendo a quienes enfrentan denuncias graves, como en el caso del ex gobernador Blanco.
Y es que la negativa de la Cámara de Diputados a desaforar al exfutbolista convertido en legislador es una muestra más del blindaje que se otorgan ciertos actores políticos. A pesar de los esfuerzos de bloques feministas que exigieron su desafuero, la mayoría oficialista decidió darle la espalda a la justicia y a las víctimas.
Con esto, la política mexicana se enfrenta a un dilema que no admite ambigüedades: o se erradican los códigos patriarcales que normalizan la impunidad o se sigue perpetuando un sistema que garantiza protección a los agresores y condena al silencio a las víctimas.
La destitución de Cavazos Lerma es un paso, pero el verdadero reto es transformar la cultura política desde sus cimientos.
Pensamos que si la indignación de hoy no se traduce en Reformas y acciones concretas, el día de mañana volveremos a escuchar declaraciones igual de indignantes, mientras la impunidad sigue siendo la norma y no la excepción.
Ya por último, el otrora gobernador tamaulipeco pidió disculpas a través de sus redes sociales, que a la letra dice: “Humilde y encarecidamente ofrezco una sincera disculpa a quien ofendí directamente y a todas las personas que se hayan sentido agraviadas por mis infortunados comentarios. Nunca fue mi intención ofender a nadie. De corazón a corazón, les pido su perdón.”
Moraleja de la historia: en México, si vas a meterte en problemas, mejor que sea por corrupción y no por pasos de baile cuestionables. Parece que la ley es más flexible con lo primero.