La República Popular China, consiguió algo histórico al lograr que germine una semilla de algodón en la luna, es la primera vez que una materia biológica crece en el quinto satélite natural más grande del sistema solar; esto fue un experimento de la sonda Chang’e-4 y tiene al mundo volando en las nubes.
Precisamente China, apunta a convertirse en la mayor economía mundial para el 2030, y si México sabe sembrar buenas relaciones binacionales, en un futuro, éstas podrían coadyuvar en las estrategias de diversificación económica, y reducir la dependencia con Estados Unidos.
De lo anterior sabe perfectamente el tampiqueño Julián Ventura Valero, apenas ratificado por el Senado de la República, como subsecretario de Relaciones Exteriores, y quien además ha planteado que México debe evitar la inercia en materia diplomática para asumir un rol propositivo que genere mayores beneficios y coordinación con el exterior.
El pasado 14 de enero, ante la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara alta, el diplomático explicó sus objetivos de trabajo, entre los que destacó la intención de mantener un diálogo político estrecho con los actuales socios estratégicos y ejercer acciones orientadas a la contribución de nuevos consensos para enfrentar los retos globales; sin problema alguno, el experimentado Ventura Valero, nacido en Tampico, Tamaulipas un 15 de mayo de 1966, subrayó que México con la 4T, continuará fortaleciendo las relaciones con la región Asia-Pacífico, a la que considera una de las más dinámicas del mundo y que alberga a cinco de los principales socios mundiales.
Pero China, el continente negro y Europa no son los únicos proyectos esenciales para el oficialmente subsecretario, ya involucrado en las relaciones de México con el mundo desde 1990. Julián Ventura Valero, va por Medio Oriente, esa región que percibe con grandes oportunidades económicas y con un gran potencial para la inversión donde también existen espacios para profundizar en el diálogo político.
Hay que destacar que Julián Ventura Valero, no es el único tampiqueño que podría estar jugando un papel importante en la nueva historia política de México; también están Rodolfo González Valderrama, nacido en la ciudad de Tampico, está más metido en el quehacer político, es de las personas que le hablan al oído al presidente Andrés Manuel López Obrador, sin embargo, un tercer elemento que vio la luz de la vida en el meritito sur de Tamaulipas, es Jorge Alberto Cantú Fernández.
¿Pero y ese quién es?, en pocas palabras un experimentado en la materia. Un mexicano trabajador, servicial y cero problemático; siempre cumplió con sus deberes dentro de la Administración Portuaria Integral, y nunca anduvo en menesteres políticos a pesar de que el PRI y el PAN, hicieron de las API’s un aquelarre político.
Allegados a Jorge Cantú, reconocen que todos quedaron sorprendidos cuando el pasado lunes 17 de septiembre, vía Facebook, publicó su retiro de la API- Altamira:
“Hoy cierro mi ciclo profesional en esta gran empresa y puerto. Fueron casi 19 años de donde me llevo muchas satisfacciones y alegrías que me han ayudado para crecer en mi ámbito profesional y personal.
Agradezco a Dios, a mi familia y a mi esposa e hijos por todo el apoyo.
De igual manera a cada uno de ustedes que de una u otra manera coincidimos en este camino profesional y con quienes siempre recibí su apoyo y amistad, esperando no haberlos defraudado.
Espero en un futuro pronto volvernos a ver y seguir haciendo del Puerto de Altamira, ese gran puerto que siempre promocione como si fuera mío.
Muchas gracias a todos y que Dios los bendiga!!!”
Fue emotivo, y sabía lo que estaba haciendo… A casi cuatro meses de su despedida sin partida, en este enero que cumpliría oficialmente 19 años trabajando en la API de Altamira, de manera muy institucional y desempeñando varios puestos dentro del área de operaciones y comercial del puerto; Jorge podría regresar a donde realmente pertenece, ese lugar en el que ha dejado gran parte de su vida, un puerto que tiene mucho para crecer y por el cual durante su actividad como funcionario en el área comercial logró la consolidación del trabajo en conjunto con la comunidad portuaria y se encargó de promover en el ámbito nacional e internacional todas las ventajas competitivas que ofrece el API, para el desarrollo de importantes proyectos en beneficio de Altamira y de Tamaulipas.
En tiempos donde la violencia ocupa los titulares y marca el ritmo de la conversación pública, resulta urgente detenernos a pensar qué tipo de mundo estamos construyendo. México atraviesa una crisis persistente de seguridad, desapariciones y fracturas sociales. Al mismo tiempo, el escenario internacional vuelve a tensarse con los recientes ataques de Estados Unidos contra Irán, una escalada que amenaza con profundizar la lógica de la guerra como respuesta automática al conflicto. En ambos casos, la violencia se presenta como inevitable. Pero no lo es. La filósofa Judith Butler ha insistido en que la violencia no solo se expresa en el acto físico, sino también en los marcos que determinan qué vidas son lloradas y cuáles no. Cuando normalizamos la guerra o justificamos la militarización bajo el argumento de la seguridad, aceptamos implícitamente que hay vidas prescindibles. Esa lógica atraviesa fronteras: desde los barrios mexicanos marcados por la presencia del crimen organizado y la militarización, hasta las ciudades de Medio Oriente convertidas en tablero geopolítico. En México, la estrategia centrada en el uso de la fuerza no ha logrado devolver la paz. Décadas de confrontación armada han dejado miles de víctimas, comunidades desplazadas y una sensación de miedo cotidiano. En el ámbito internacional, la repetición de bombardeos y represalias —como los protagonizados por Estados Unidos e Irán— refuerza un mensaje peligroso: que la violencia es el único lenguaje que los Estados comprenden. Sin embargo, hay otros caminos. Butler y otros pensadores contemporáneos han propuesto la construcción de “espacios de paz”: ámbitos donde la vulnerabilidad compartida se convierta en punto de partida para el diálogo y la reconstrucción del tejido social. Estos espacios no son ingenuos ni abstractos; son prácticas concretas que buscan desactivar la lógica del enemigo. Un ejemplo significativo es el proceso de paz en Colombia tras el acuerdo entre el Estado y las FARC en 2016. Aunque imperfecto y aún en disputa, permitió reducir la intensidad del conflicto armado y abrir mecanismos de justicia transicional donde las víctimas ocuparon el centro. Otro caso es el de Irlanda del Norte, donde el Acuerdo del Viernes Santo en 1998 demostró que décadas de violencia sectaria podían transformarse mediante negociación política, reconocimiento mutuo y participación ciudadana. Estos procesos no borraron el dolor ni eliminaron por completo las tensiones, pero evidenciaron algo fundamental: la paz no surge de la aniquilación del adversario, sino del reconocimiento de su humanidad. En México, experiencias locales de
justicia restaurativa, colectivos de búsqueda y redes comunitarias de cuidado muestran que la sociedad civil puede abrir grietas en el muro de la violencia. Son esfuerzos pequeños frente a la magnitud del problema, pero encarnan una ética distinta: la de la interdependencia. Hablar de espacios de paz implica también cuestionar el lenguaje que utilizamos. Cuando aceptamos términos como “daños colaterales” o “guerra necesaria”, desdibujamos el sufrimiento real de personas concretas. Butler propone que ampliemos el marco de lo que consideramos digno de duelo. Si cada vida cuenta, entonces cada muerte es una herida colectiva que nos obliga a buscar alternativas. No se trata de negar los riesgos ni de idealizar el diálogo. Se trata de reconocer que la violencia sostenida solo produce más violencia. En México hemos permitido que durante décadas se desvié la atención con ataques constantes al crimen y solo se ha generado más crimen, cuando quizás deberíamos priorizar la educación, la prevención y sobre todo el fortalecimiento de espacios comunitarios, pues desde el encuentro con otros podemos crear empatía que disminuya los puntos de riesgo, principalmente en niñez y juventudes. La historia demuestra que la paz es frágil, pero posible. En medio de la incertidumbre, cuando parece que la guerra y el miedo dominan el horizonte, debemos recordar que la esperanza también es una forma de resistencia. Porque, incluso en los tiempos más oscuros, no nos pueden quitar la esperanza.
En un país donde el centralismo sigue siendo el rey indiscutible, las regiones periféricas como la nuestra en el Golfo de México luchan por no ser solo un apéndice olvidado de la Ciudad de México. Tamaulipas, con su vibrante zona metropolitana de Tampico-Madero-Altamira, y el norte de Veracruz, con polos como Poza Rica, Tuxpan y Pánuco, pero, aún más pegadito a la costa con Tampico Alto y Pueblo Viejo, comparten más que un límite geográfico: una historia común de resiliencia, un potencial económico desbordante y desafíos que solo se resuelven con unidad.
Hacer región no se trata de un capricho romántico, sino de una necesidad estratégica para impulsar el desarrollo que el gobierno federal nos ha negado sistemáticamente. Pensemos en los números, que en política nunca mienten si se leen con honestidad. La zona metropolitana de Tampico es un hub logístico con el puerto más importante del noreste, moviendo millones de toneladas de carga al año, desde petróleo hasta contenedores. Al sur, el norte de Veracruz complementa con su riqueza, un corredor turístico que podría rivalizar con cualquier destino caribeño si se invirtiera en infraestructura compartida.
Juntos, formaríamos un bloque económico que generaría empleos, atraería inversiones extranjeras y fortalecería la cadena de suministro energética de México. Imagínense un puente interestatal moderno, o mejor aún, un sistema de transporte multimodal que conecte Tampico con Tuxpan en menos de una hora. Eso no solo reduciría costos logísticos en un 20-30%, según estudios del Banco Mundial sobre integración regional, sino que potenciaría el turismo: playas de Miramar enlazadas con las de los jarochos, festivales culturales que crucen el río Pánuco sin burocracia.
Pero vayamos más allá de la economía. «Hacer región» significa combatir la inseguridad que azota ambas entidades, con carteles que no respetan fronteras estatales. Una colaboración en materia de seguridad, con inteligencia compartida entre las fiscalías de Tamaulipas y Veracruz, podría desmantelar rutas de trasiego que usan el norte veracruzano como trampolín hacia el sur tamaulipeco.
Y no olvidemos lo social: miles de familias viven en pequeñas embarcaciones con motor fuera de borda con migración laboral diaria. Una región integrada facilitaría acceso a servicios de salud, educación y vivienda, rompiendo el aislamiento que impone el federalismo obsoleto.
En tiempos de cambio climático, con huracanes que no distinguen mapas, una alianza para resiliencia ambiental, sería un escudo vital.
Los detractores dirán que esto es utópico, que los egos políticos estatales lo impiden. Pero miren el ejemplo del Bajío o la frontera norte: regiones que han prosperado precisamente por unirse, atrayendo inversiones de gigantes.
¿Por qué Tamaulipas y Veracruz no? El gobernador Américo Villarreal ha hablado de descentralización, pero hace falta acción concreta, que le hagan eco sus secretarios y demás integrantes el gabinete, un pacto biestatal con el gobierno veracruzano para fondos federales compartidos. Si no, seguiremos siendo vasallos del centro, con presupuestos raquíticos mientras otras regiones se levan los reflectores.
“Hacer región» entre Tampico y el norte de Veracruz no es opcional; es la llave para un futuro próspero, autónomo y equitativo. Es hora de que los líderes locales dejen los discursos y pasen a los hechos. De lo contrario, seguiremos lamentando oportunidades perdidas en un México que solo crece para unos pocos.
En la intimidad… En estos días de reflexión personal, recuerdo aquellas tardes cruzando el Pánuco en el “Chaán”, conversando con la abuelita y su sueño de que un día esta región ya existente se convierta en un atractivo polo de desarrollo economoico como lo es la capital del país. A ella, la vida ya no le dejo ver el progreso, ni siquiera alcanzó la modernización de la avenida Monterrey, hoy rebautizada como Armada de México, pero, tal vez ahora si tengamos gobernantes que nos unan más que cualquier tratado.
En la educación pública mexicana hay una pregunta incómoda que pocas universidades se atreven a formularse con honestidad: ¿estamos formando profesionales para el mundo real o para la nostalgia del modelo tradicional?
La Universidad Autónoma de Tamaulipas decidió entrar a ese debate. Y lo hizo con una apuesta concreta: veinte mil microcredenciales con reconocimiento internacional.
El rector Dámaso Anaya Alvarado presentó el Ecosistema Microcredenciales UAT 2026 como una herramienta para alinear la educación superior con el mercado global. No es una frase menor. En un entorno donde la empleabilidad ya no depende solo del título, sino de competencias verificables, las certificaciones específicas se han convertido en moneda académica de alto valor.
El programa no es simbólico. Catorce mil microcredenciales están dirigidas a estudiantes de nivel superior, dos mil a educación media superior y dos mil setecientas a docentes. La meta institucional es ambiciosa: que el 100 % del profesorado tenga acceso a certificaciones internacionales.
La secretaria académica Rosa Issel Acosta González explicó que la estrategia deriva de una alianza con Pearson VUE, lo que coloca a la universidad en un esquema de validación con estándares globales.
El mensaje de fondo es claro: el aula tradicional ya no es suficiente.
Las microcredenciales permiten acreditar habilidades digitales, disciplinares y blandas; fortalecer el perfil para estímulos académicos; consolidar cuerpos académicos y ampliar la participación en proyectos nacionales e internacionales. En otras palabras, rompen la inercia del currículum estático.
Pero el reto no es tecnológico. Es cultural.
La transformación educativa no se decreta en una sesión en línea. Implica que el docente deje de asumir que la antigüedad es sinónimo de actualización. Que la universidad entienda que competir globalmente exige estándares medibles. Y que el estudiante comprenda que su empleabilidad dependerá cada vez más de evidencias concretas, no de discursos.
Si la estrategia se ejecuta con rigor, la UAT podría colocarse en una posición distinta dentro del mapa nacional. Si se diluye en burocracia, quedará como una estadística más.
La educación superior mexicana necesita menos ceremonias y más verificaciones.
Tamaulipas parece dispuesto a intentarlo.
En la intimidad… Mientras la universidad habla de estándares globales, el Gobierno del Estado habla de una meta aún más compleja: erradicar la pobreza extrema.
El gobernador Américo Villarreal Anaya anunció que la entidad redujo la población en pobreza extrema de 2.9% a 1.5%, lo que equivale a cerca de 50 mil personas en esa condición. “No podemos permitirnos seguir teniendo 50 mil gentes que estén en pobreza extrema”, dijo con énfasis.
Acompañado por la secretaria de Bienestar Social, Silvia Casas González, el mandatario sostuvo que Tamaulipas pasó del lugar 13 al 10 en el comparativo nacional en esta materia. La narrativa oficial es clara: la tendencia se revirtió.
Los números que acompañan el discurso son contundentes: 300 mil familias recibirán apoyo alimentario; los comedores comunitarios crecerán de 60 a 66; la inversión en el programa Alimentando tu Bienestar asciende a 1,586 millones de pesos; el Instituto de las Mujeres incrementa su presupuesto; cultura reporta más de 735 mil beneficiarios; deporte anuncia 236 millones para infraestructura.
El argumento político es potente: recuperar el papel estratégico del Estado frente a la lógica neoliberal. La referencia a la presidenta Claudia Sheinbaum no es casual. Se busca alineación narrativa y programática.
La pregunta, como siempre, será de sostenibilidad.
Reducir pobreza no es solo ampliar padrones; es generar movilidad social real. Y ahí es donde educación y bienestar se cruzan.
Microcredenciales para competir en el mundo. Programas sociales para cerrar brechas históricas.
Dos rutas distintas que, si convergen, pueden modificar el destino de una generación.
Hay estultos que no conocen su país y, lo peor, que no tienen ganas de servir para bien a la nación y tienen cargos de primero y segundo nivel. Por eso, es que muchos de estos ignorantes no se imaginan la importancia del Puente Tampico, una infraestructura que sostiene regiones; sin embargo, hay omisiones que han puesto en riesgo esta megaconstrucción y a sus usuarios.
Y es que les debe quedar claro que el Puente Tampico no es un paso local. Es una pieza estratégica del corredor que conecta el centro y sureste del país con la frontera de Estados Unidos. Es comercio, industria, exportaciones, logística energética. Es economía en movimiento #ptm
Y hoy está agrietado.
No hablamos de desgaste menor. Hablamos de baches profundos y socavones visibles en una vía federal de cuota operada por Caminos y Puentes Federales. Una infraestructura que recauda, pero cuyo mantenimiento preventivo no está a la altura de su importancia estratégica.
Es inhumano cómo han obligado a que en esta vía de alto flujo pesado obliguen a los operadores a frenar de golpe sus enormes unidades, y es que en un tramo elevado el riesgo va más allá de un percance vial, se convierte en una probabilidad de… mejor ni mencionarlo. CAPUFE, debería tener más respeto; esto no se debe administrar con parches.
Y el sur de Tamaulipas no puede normalizar el deterioro.
El puente fue inaugurado en 1988. Desde entonces, la carga vehicular se multiplicó. El puerto creció. La actividad industrial se expandió. La presión estructural aumentó. Lo único que no puede crecer al mismo ritmo es la indiferencia institucional.
El Puente Tampico no puede esperar a que un accidente obligue a reaccionar. La prevención no es gasto. Es responsabilidad.
Y si la federación no dimensiona el valor logístico de esta conexión entre Tamaulipas y Veracruz, alguien tendrá que recordárselo con datos, presión pública y exigencia constante.
Aquí no se trata de oposición ni de oficialismo. Se trata de vidas, economía y dignidad regional, pero, al ritmo que vamos, el puente se convertirá en una metáfora del abandono.
En la intimidad… En Ciudad Victoria se empieza a notar algo que pocos dicen en voz alta.
El diputado local por Altamira, Marcelo Abudis Ramírez, comienza a construir un perfil distinto al promedio legislativo. Impulsó el reconocimiento de las cabalgatas como patrimonio cultural y propuso institucionalizar el tercer domingo de noviembre como su día oficial. Identidad, sí. Pero también estructura territorial.
En el Congreso circula otro dato que pesa más que el discurso: niveles de asistencia constantes y presencia sostenida en territorio.
Y recientemente presentó un Punto de Acuerdo para obligar a que todas las unidades del transporte público mantengan vigente su seguro vehicular. No es un gesto político; es una medida preventiva concreta.
En la zona metropolitana de Tampico, no hay gobernabilidad, los choferes de la ruta y concecionarios son los reyes del asfalto, por eso, el diputado exige a garantizar la operatividad de las unidades con seguros vigentes y blindar a las familias frente a tragedias evitables.
Dentro de Morena Tamaulipas también hay lectura fina. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo pidió a legisladores caminar más territorio, Abudis no aparece en esa lista de señalados. Recorre colonias, gestiona apoyos, entrega resultados.
En política, la constancia silenciosa suele consolidar más que la estridencia.
Y en Tamaulipas, el 2027 no se construye con discursos. Se construye con presencia… aunque a veces Abundis, da puro chile.