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«¿Quién dijo ‘yo’…?»

Es la pregunta que se planteó a los asistentes a la reunión aquella de altas figuras del comité directivo estatal panista con empresarios de Ciudad Madero para determinar qué persona sería postulada a la alcaldía, luego de trienios, décadas más bien (dos de ellas, para ser preciso) de haber estado intentando un triunfo por cuenta propia o en solitario que lograra superar lo conquistado en las elecciones de ese lejano 1992, cuando el Partido Acción Nacional pudo ganar la presidencia municipal en coalición con el entonces recién nacido PRD, pero como consecuencia innegable de la aprehensión, tres años antes, de la figura máxima de los petroleros en el país y de la política en esta región: Joaquín Hernández Galicia, «La Quina».  ¿Quién dijo «yo»? ¿quién dice «yo»?  Se les preguntaba, como en una especie de concurso de fiesta infantil a los del dinero, a gente de la iniciativa privada, afiliada o no al blanquiazul, pero que había sido convocada a ese encuentro por los dirigentes panistas, y entre la que había, eso sí: más de un empresario que ya había buscado,  al menos formalmente, el cargo en cuestión por varias ocasiones, dos de ellas de manera oficial.  Caso concreto: el del exdelegado federal de la Secretaría de Educación Pública en Tamaulipas y dueño de un importante y ya tradicional grupo educativo que lleva el nombre de la ciudad, Agustín De la Huerta Mejía.

Igual que a otros inversionistas locales ahí presentes, le preguntaron a él directamente si aceptaba o quería ser abanderado por el PAN para el puesto de presidente municipal, propuesta que rechazó, como uno o dos más a quienes habían planteado lo mismo, a diferencia del expresidente del Consejo Empresarial de Ciudad Madero, José Andrés Zorrilla Moreno, con quien se cortó el pequeño sondeo, cuando este otro empresario dijo que sí, que porqué no, que él le entraba a ese toro.  De los otros que rehusaron hacerlo, cada uno sabe sus propias razones, pero en el caso concreto del maestro y director general de la preparatoria Madero, no se necesita ser muy listo para entender su hartazgo: cansancio de invertir parte de su patrimonio en diversas ocasiones para nada, de «meterle dinero bueno al malo» sin la estructura ni el capital político suficiente como para verlo reflejado en los resultados de una jornada de votaciones como aquellas en las que participó sin éxito.  De hecho, hay quienes, desde el mismo interior del panismo, señalaban hace exactamente tres años al «Guty» de haber logrado lo contrario tras la elección de entonces, es decir: de haber obtenido «algo» a cambio de facilitar su derrota frente a un Esdras Romero Vega que traía consigo el apenas fortalecido y renovado aparato petrolero que, el año anterior, logró enriquecerse con la recuperación de la presidencia de México por parte del PRI.

Claro, por aquellos días ni siquiera se creía que esa idea de reforma energética, y todo lo que ello implicó y trajo consigo, la cual fue impulsada por el que a la sazón era nuevo gobierno federal, llegaría en realidad a prosperar junto con el resto de las transformaciones ya conocidas.  Como seguramente tampoco creyeron esta vez, los priístas y panistas de Madero por igual, que Acción Nacional ganaría en las votaciones, y que si «acaso» llegaba a triunfar a nivel estatal, como al final ocurrió, eso no pasaría en Madero.  Y menos con un perfecto desconocido en la política y el servicio público que incluso era más identificado, de hecho, por su proximidad al actual gobierno municipal priísta de Ciudad Madero.  «Bienvenido al club», pudieron haber pensado, del atrevido voluntario, De la Huerta y los otros, sin saber que el hombrecillo aquel sería lo suficientemente ligero a la vista de los ciudadanos como para irse cual surfista en la cresta de esa gran oleada azúl que sacudió al estado ese histórico día: el domingo 5 de junio pasado.

Pero Guty no fue el único que se negó, en esta ocasión, a deccir «yo»: Chucho Nader Nashrallah, exdiputado federal que lo empata en número de candidaturas y elecciones no ganadas para el mismo cargo y bajo la misma bandera, pero en Tampico, no dudó un instante en dejar pasar esta vez la tentación de ser candidato a presidente municipal.  Por supuesto que el «hubiera» no existe, pero de haber sabido él que con su capacidad de movilización económica y política, con su experiencia doble en esas lides, y el respaldo enorme de un producto cuyo éxito estuvo garantizado desde un principio: Cabeza De Vaca, podría haber hecho algo mucho mayor de lo que hizo el derrotado Germán Pacheco, al que además supera en carisma (lo que después de todo no es difícil para nadie), tal vez también se estaría hablando ahora de un alcalde panista electo en la ciudad y puerto.  Y en Altamira, es un hecho que ni Silvia Cacho, ni Betty Collado, ni Isaac Rebaj, los dos últimos panistas a ciencia cierta, imaginaron siquiera tales resultados.  Pero, de todos los que esta vez dijeron «no» a treparse como protagonistas en los lomos de la misma vaca lechera, el que seguramente más perdió, y más topes se debe estar dando, irónico: en la cabeza, es el dirigente estatal del sol azteca, Alberto Sánchez Neri, quien por ir «a la segura» por otros seis años viviendo del erario estatal, como creyó, apostó por negarse a toda posibilidad de alianza o coalición con el Partido Acción Nacional, aún a costa de ir en contra de los deseos del CEN perredista.  Una ironía total, porque si lo hubiera hecho, en efecto habría garantizado para sí lo que buscó con su fallida apuesta.

 

Desde la redacción.

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