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Hace más de tres décadas y siendo Ramón Durón Ruiz, líder de las Juventudes Revolucionarias del PRI, entablamos una amistad que nos llevó a intercambiar ideas de cómo mejorar las cosas para el país, en materia de justicia social.

Reunidos un sábado por la tarde en su modesta vivienda situada cerca de la zona comercial de Ciudad Victoria, Alberto Guerra Salazar, Genaro González Gaucin, Jorge Martínez “Puñalitos”, entre otros buenos amigos, disfrutamos de momentos muy agradables.

Entregado a sus sueños juveniles, de promover que el más humilde de los muchachos de la época encontrara un espacio en la educación media y superior, se lanzó a la brega.

Por entonces hablaba ya del periodismo y de su intención de involucrarse en esta hermosa carrera, para salir al rescate de las leyendas urbanas que ligaban al Filósofo de Güemez con la expresión y el sentir popular de un entorno meramente regional, que años más tarde trascendió a la meca de la literatura universal.

Eran sueños que escalarían la realidad dentro del convulso ideario de la política: pero Ramón Durón Ruiz supo direccionar ambas cosas y manejarlas con magistral sapiencia.

Era verano, recuerdo, y el joven Durón se asió entonces a un relicario donde guardaba las más hermosas metáforas para conquistar el mundo a través de la palabra escrita y hablada.

Atrás habían cedido su espacio el mundo de la fantasía y el mito, el sueño “Cheveguevarista” de empuñar las armas para salvar al mundo de la impudicia ancestral de los explotadores de los pobres.

Había que escoger caminos más abiertos, prácticos, de contactos cercanos a la gente y Durón Ruiz supo hacerlo con esa tónica que solo los seres dotados de mente privilegiada, lo pueden lograr.

Con el transcurrir de los años, Ramón Durón cristalizó su proyecto, amacizó otros no menos importantes de su vida profesional como abogado. Tuvo un brillante desempeño en la judicatura tamaulipeca como procurador, disertaba conferencias sobre el Filósofo de Güemez por todo el país y el extranjero, sin descuidar el gusanillo de la política que lo distinguió como un excelente asesor de encumbrados priistas de México.
–Réquiem por él–
¡Tu tramonto duele/
Traspasa el corazón/
Es una daga que hiere/
Razón de sinrazón/
Pero queda incólume/
Tu sólida expresión/
Que brillará por siempre!.

Por Francisco Pucheta

 

Desde la redacción.

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