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“Los caballitos de Troya” (Para mis colegas, con aprecio, en su día)

El expositor, organizador al mismo tiempo del seminario de mercadotecnia política que impartieron a los integrantes de la base territorial del partido oficial, el dominante en territorio tamaulipeco, apenas el pasado otoño, pidió la ayuda de su asistente y dos voluntarias más para despojar a los presentes de sus aparatos de telefonía celular y otros dispositivos móviles en forma momentánea, apenas por lo que duraría su ponencia aquella tarde de sábado. No era para menos: aún y cuando estaba seguro de que se dirigía a correligionarios suyos, la mayoría, también estaba consciente de que entre ellos había más de un supuesto desertor de otro instituto político con registro para contender en el siguiente y cada vez más próximo proceso electoral. Y además, se hallaba alguien que por sí solo era motivo suficiente para que tomara él dicha medida: un reportero. En ningún momento se le vedó el acceso al periodista, aún reconociéndolo desde el instante mismo de su registro, con todo y lo cual el comunicador, curándose en salud, se encargó de aclarar que no estaba ahí para cumplir con encomienda informativa alguna o investigación periodística por cuenta propia. Sí se encontraba, lo indicó, atendiendo un encargo relacionado con lo laboral, pero ajeno a su ejercicio. Estuvo de más la explicación no pedida (y ya sabemos cómo se completa la frase): aunque hubiese sido de la otra forma, es decir, en misión reporteril, su presencia no iba a ser impedida por la simple razón que reveló el propio coordinador del ciclo: en otras ciudades del estado a donde ha llevado esa misma actividad ha habido también, y en calidad de invitados, periodistas, así que no iba a pasar nada, pues como lo demostraría con el decomiso provisional de los artefactos de videograbación que caben perfectamente en una mano (“de bolsillo”, se diría hace un par de décadas), el personaje aquél lo tenía todo fríamente calculado. Por una coincidencia que le permitió salvar el orgullo por lo menos para sí mismo, el intruso informante había dejado, apenas unos minutos antes, su “android” del montón (no “de marca”) conectado a un enchufe que estaba justamente en la pared detrás de la mampara frontal, para recargarle la batería, de modo que no le fue necesario hacer la deposición formal de su “arma”: cuando pasó la bolsita Zipoc frente a él, se hallaba ya desarmado.

Que en una ocasión, durante la campaña interna para la candidatura a gobernador de la que emergió como ungido Eugenio Hernández, le tocó empujar a propósito al ahora diputado local Eduardo Hernández Chavarría mientras éste daba una entrevista en plena etapa final de aquel proceso, tan sólo para provocarle una reacción violenta, fue apenas una de las tantas anécdotas y experiencias personales cargadas de marrullería y violencia, de trampa y juego sucio, de mano negra y hasta de persecución, que relató ufano, henchido de orgullo, el dirigente aquel, como parte de sus “enseñanzas” a los futuros operadores políticos (que de esto último fue el reconocimiento “con valor curricular” entregado al término de aquellas mesas de trabajo). Pero entre lo que más destacó y presentó como obra suya, de la que se sentía igualmente orgulloso, estaban las estrategias aquellas mediante las cuales se neutralizaba, ridiculizaba o de plano hasta se sacaba de la contienda al oponente, a fuerza de colgarle “milagritos” mediante hackers, cuando de invasión a sus cuentas de facebook o alguna otra red social se trataba, o bien a través de infiltrados que les “revelaban” falsas historias de escándalo en plena jornada de proselitismo, imitadores que hacían llamadas a estaciones de radio para hacerse pasar por el adversario y atacar al abanderado oficial con ofensas a él o a su familia y así dejar mal parado al verdadero opositor, e incluso contratos con familiares incómodos del contendiente para que enviaran cartas firmadas a algún periódico haciéndole acusaciones graves al pariente, que de esa manera quedaba, por lo pronto, expuesto al menos a la duda de los electores. A la historia, por ejemplo, de un homosexual que difamó a cierto oponente para hacer creer que había sido su amante, se le puede poner cualquier nombre o apellido de políticos de oposición en Tamaulipas. Bueno, hasta una o varias de terror salieron de la boca del “conferenciante” como historias en la que él tuvo cierta participación, el fin de semana aquél del seminario.

Pero el reportero no iba en calidad de caballo de Troya ni mucho menos, ya se aclaró todo esto. El que sí parece estar desempeñando ese papel, vía redes sociales, es el ex dirigente del Frente Juvenil Revolucionario, José Merced Hernández, quien haciéndose pasar por seguidor de Cabeza de Vaca, ha comenzado una campaña en facebook para supuestamente atacar al gobierno estatal alebrestando también a una buena parte del electorado en lo que más le duele: ni más ni menos que a los aficionados al futbol, y concretamente a los hinchas de la Jaiba Brava. Entre 25 mil y 30 mil hipotéticos votos que, multiplicados por 2 o 3, no están nada mal… ni más ni menos que la cantidad de sufragios con los que hoy en día gana una votación cualquier candidato a cargo de elección popular en alguna de las ciudades que conforman la conurbación sur de Tamaulipas.

Desde la redacción.

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