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La zapatería aquella del centro comercial ubicado sobre avenida Monterrey, un establecimiento de prestigio que pertenece a una familia local y tiene además filiales en el área de boutique tanto para dama y caballeros, como para niños, muestra a su entrada, como sus otras sucursales, el conocido cartel rojiblanco que hace alusión a la campaña «El Buen Fin», donde se lee, de hecho, que se trata de un negocio participante. Sin embargo, apenas cruzar la puerta y preguntar qué promoción o promociones ofrecen ahí a propósito de…, te contestan que no, que ahí lo único que hay es una venta «fenomenal» que, si acaso, se ha prolongado unos días más (sí, hombre, nada más para cumplir y todo eso). Pero, eso sí, te recitan de memoria que por cada quinientos pesos de compra te dan un «fredso» (una especie de panchólar) equivalente a doscientos cincuenta pesos valederos en tu próxima compra. Lo bueno empieza cuando te emocionas y, como buen consumidor que cuida su patrimonio, comienzas a preguntar un poco más, para no irte «de olla».

Por ejemplo: «¿… Si pago estos botines de mil pesos, puedo llevarme un par de tenis para niño que cuesten quinientos?», y responden que no, que sólo vale un fredso en la elección de un artículo con valor de quinientos pesos o más, aunque te lo hayan dado por otra compra similar. Luego, inquieres si puedes llevar un producto de quinientos y pagar con tu fredso el proporcional (250) de otro que cueste unos 450, o 480 pesos, por decir algo, y «nanays»: de quinientón para arriba. Fredsos no acumulables, y sujetos a otras dos condicionantes ( no pagar un producto que valga lo que un fredso con ese cupón, y tampoco válido en mercancía inferior a medio millar de pesos), que para nada te explican ni advierten cuando te cantan entusiastamente su: «… Por cada quinientos pesos de compra, bla, bla, bla… Orgullosamente…»

Restaurante del centro histórico situado frente a Plaza de la Libertad: ahí de plano te dice la mesera «Aquí no hay Buen Fin». Entonces pides un desayuno que incluye pan y tortillas y estos grandísimos yuppies te cuidan hasta la dieta: cuando le servimos un platillo que sea a base de tortilla, ni siquiera le damos panes. Pero en el menú jamás lo aclaran, simplemente dicen «estos desayunos incluyen pan y tortillas», y nunca señalan que queda excluida cualquier combinación que parezca dieta chilanga: torta de chilaquiles, si se te antoja y pega la regalada gana, por ejemplo.

Entonces exiges tus derechos, como buen querellante aficionado que eres, ¿y qué te traen? ¡Un triste bolillo duro casi de la medida de un bollito de esos que ponen para untarles paté en las grandes recepciones! Como hecho adrede, hijos de supercream.

Y si quiere uno confundir un poco el trago amargo del mal rato con el sabor de un espléndido cuanto aromático café, y se introduce en el local bastante «chic» que se halla al pie de la peatonal Díaz Mirón, en contraesquina del palacio municipal, y ve en la puerta de ese lugar el mismo póster de la estrategia que se anuncia como «el fin de semana más barato del año», lo que espera encontrar ahí, lógico, es algo congruente con la campaña y con el giro del changarro. Pero no: a olvidarse del café, que la única oferta de estos días han sido un té de nombre muy extraño y un par de cervezas «al dos por uno» a las que en realidad les han bajado si acaso un tercio de su precio (sin perderles nada: regularmente las venden un 130 por ciento más caras que en «la botana»), para modo de que quepan ambas en una cuenta de 50 pesos. Y así las cosas, uno entiende entonces porqué las pantallotas, celulares y tablets son mercancía de primera necesidad durante «El Buen Fin».

Desde la redacción.

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