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Por Alberto Ídem.

La llamada fue a mediodía: era una voz femenina que sonaba joven, como de muchachita, entre que edecán y pasante… bueno, becaria, para que no suene tan feo, aunque la verdad ya no sabe uno ni qué término suena con más doble sentido de estos tres.  El punto es que llama la damita esta y, tras preguntar por el nombre del que contesta, lo invita a una actividad este miércoles, o sea ya al cuarto para la cita, a las diez y media de la mañana.  Dice que habla de parte del diputado Marco Bernal, y que es «para la presentación de su informe de labores legislativas».  Que quiere saber si el que esto escribe acudirá.  Cuando se le pide a ella, en calidad de emisora del mensaje y sólo para tener la certeza de que no es un telefonazo «fake», que aclare si el legislador al que representa o dice ella representar es local o federal, contesta que no sabe, que a ella sólo le pidieron dar el aviso.  Entonces, hecha la citada aclaración, le pide uno que sólo diga el salón donde la cosa será, y responde que también eso lo ignora, que la verdad es que apenas se está incorporando al trabajo del congresista y que después llamará otra vez para confirmar.  Pero el resto del día transcurre y ya no lo hace.  Así que, o alguien bromeó a costa del ya de por sí gracioso político, o de plano la logística sobre las piernas y al vapor se la sigue prefabricando un compadre suyo… con todo respeto.

Y es que hoy en día los compadres resultan más incómodos que los hermanos, parientes, estos que al contrario: están poniéndose las pilas, y si no lo cree, pregúntesele a Lalo Hernández en Tampico, que cuenta con todo el apoyo de su consanguíneo a la hora de preparar las convivencias de acercamiento que suele tener, ya desde hace más de dos meses, con reporteros y periodistas tanto en forma grupal como en petit comité en lo alto de un edificio particular propiedad del carnal, donde se dispone hasta de aperitivos y la privacidad suficiente como para abrirse de capa y hablar de los planes a futuro inmediato con los interlocutores, cosa en la que les lleva bastante ventaja ya a sus dos contrincantes dentro de su partido… lo que sea de cada quién.

Y si hemos de hablar sobre hermanos colmilludos que más que ser compadres incómodos resultan casi que padrinos mágicos, tomemos por ejemplo el caso de los Manzur: Ricardo, que hasta ahora conserva incólume su imagen y trayectoria tanto política como social (si de algo se le ha de acusar es de conseguir medicamentos para los derechohabientes del ISSSTE cuando ahí han escaseado y él ha sido director del centro de salud maderense con acceso a programas de distribución gratuita de medicinas precisamente para aquellos que están necesitados de las mismas, o al revés), empezó en la política y el servicio público no sólo gracias a su buena estrella, sino en muy buena medida merced al gran trabajo de mercadotecnia y territorial de su hermano, el ingeniero Juan, que ha debido sacrificar sus propias aspiraciones en la ciudad y puerto con tal de que al doctor «nada le falte»… sí, como en el ya conocido corrido de Pedro y Pablo, éxito de los Tigres del Norte.

Y los tristes tigres del norte tamaulipeco que se enferman, es ya un secreto a voces, con la calentura del 2016 rumbo a la gubernatura, no son sólo los panistas Canturosas, y el ya conocido Cabeza de Vaca, sino también, ahora resulta, Baltazar Hinojosa, que como Bernal presume de ser compadre («¡otga vez los compadgues, cagajo!», diría el tigre Tuca) del casi líder nacional del PRI, Manlio Fabio Beltrones.
Total, que hablando otra vez de Bernal, en tratándose de la calentura del 2016, la frase que aplicaría muy bien, podría ser: «¡Ya no me ayudes, compadre!».

Desde la redacción.

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