Hay instituciones que pasan por una época dejando edificios. Otras dejan generaciones de profesionistas. Muy pocas dejan herramientas capaces de proteger a toda una sociedad ¡muy pocas!
La Universidad Autónoma de Tamaulipas parece haber entendido esa diferencia.
Durante décadas, las universidades públicas mexicanas fueron observadas como espacios donde se enseñaba, se investigaba y se debatía. Nada más. La sociedad las veía como una especie de isla intelectual separada de los problemas cotidianos. Un lugar importante, sí, pero lejano.
Esa percepción comienza a romperse cuando la academia abandona la comodidad de los diagnósticos y decide involucrarse en la solución de los problemas reales.
Eso fue lo que ocurrió cuando el rector Dámaso Anaya Alvarado llegó a la Mesa de Paz convocada por el gobernador Américo Villarreal Anaya.
No llegó con discursos políticos.
No llegó con posicionamientos ideológicos.
Llegó con mapas.
Y pocas cosas son más poderosas que un mapa cuando se utiliza para evitar una tragedia.
Mientras algunos observan una lluvia intensa y ven únicamente agua cayendo del cielo, los especialistas de la UAT observan rutas de escurrimiento, zonas de inundación, cuencas saturadas, riesgos de desbordamiento, vulnerabilidades urbanas y posibles pérdidas económicas.
Ven lo que la mayoría todavía no alcanza a ver.
Esa es la diferencia entre reaccionar y anticiparse.
Por eso el Atlas de Riesgos Hidrometeorológicos que desarrolla la Universidad Autónoma de Tamaulipas merece una lectura mucho más profunda que la noticia del día.
Porque no estamos hablando de un documento técnico.
Estamos hablando de conocimiento convertido en protección civil.
De investigación convertida en prevención.
De ciencia convertida en política pública.
Y eso tiene un valor enorme.
Los estados no fracasan únicamente cuando les faltan recursos. También fracasan cuando toman decisiones sin información.
Durante años, México construyó ciudades donde no debía construirlas, permitió asentamientos en zonas inundables y reaccionó a las emergencias cuando el agua ya había entrado por las puertas.
El costo de esa improvisación todavía lo siguen pagando miles de familias.
Por eso resulta relevante que una universidad pública decida poner sus capacidades técnicas al servicio de quienes tienen la responsabilidad de gobernar.
Porque al final del camino no importa cuántos artículos científicos se publiquen.
Importa cuántas vidas pueden protegerse gracias a ellos.
Y en esa lógica, la administración universitaria encabezada por Dámaso Anaya está enviando un mensaje que merece atención.
La universidad no quiere ser espectadora.
Quiere ser protagonista.
No quiere limitarse a explicar los problemas.
Quiere ayudar a resolverlos.
La diferencia parece sutil.
No lo es.
Los empresarios entienden perfectamente el valor de la información estratégica.
Los gobiernos entienden perfectamente el valor de la planeación.
Las comunidades entienden perfectamente el valor de la prevención.
Y cuando esos tres mundos encuentran un punto de coincidencia, generalmente aparece una institución capaz de generar confianza.
Hoy la UAT parece caminar en esa dirección.
No desde la estridencia.
No desde la propaganda.
Mucho menos desde la confrontación.
Lo hace desde algo más difícil: la utilidad pública.
Porque hay ocasiones en que el mayor reconocimiento para una universidad no es un premio, un ranking o una acreditación.
A veces el mayor reconocimiento es mucho más sencillo.
Que cuando llegue la próxima tormenta, alguien pueda decir que el desastre no ocurrió porque hubo quienes decidieron estudiar el problema antes de que apareciera.
En la intimidad… A cientos de kilómetros de cualquier laboratorio, en una playa donde el Golfo de México marca el ritmo de la vida, ocurrió esta semana una de esas escenas que explican por qué vale la pena insistir en la educación.
Una tortuga recién nacida avanzaba hacia el mar.
Detrás de ella caminaban decenas de niños observando el momento.
Para la tortuga era instinto.
Para los niños era aprendizaje.
Y para Tamaulipas debería ser una lección.
La conservación de una especie nunca comienza cuando se libera una cría.
Comienza mucho antes.
Comienza cuando una generación aprende que aquello que parece pequeño también puede ser importante.
La jornada organizada por la Comisión de Parques y Biodiversidad de Tamaulipas en el Campamento Tortuguero La Pesca tuvo precisamente ese propósito.
No se trató únicamente de liberar tortugas lora.
Se trató de sembrar memoria.
De enseñarle a un grupo de niñas y niños que el patrimonio natural no es una fotografía para presumir en redes sociales ni un discurso para ceremonias oficiales.
Es una responsabilidad.
Eduardo Rocha Orozco lo entiende.
También la doctora María de Villarreal, quien ha impulsado programas que acercan a la niñez a experiencias reales de contacto con el medio ambiente.
Porque la educación ambiental no ocurre cuando alguien memoriza conceptos.
Ocurre cuando un niño observa cómo una vida diminuta desaparece entre las olas y comprende que su supervivencia dependerá, en parte, de las decisiones humanas.
Hay enseñanzas que no caben en un salón de clases.
Y hay lecciones que únicamente pueden aprenderse frente al mar.
La de esta semana fue una de ellas.
davidcastellanost@hotmail.com
@dect1608
Casa Gandara
20 mayo, 2015 at 19:25
Muchas gracias por tu nota.