Por: Zaira Rosas
zairosas.22@gmail.com
El anuncio sobre la posible conclusión anticipada del ciclo escolar en México a
partir del 5 de junio abrió una discusión que va mucho más allá del calendario
académico. La polémica comenzó cuando Mario Delgado declaró públicamente
que, en reunión con secretarios de educación de las entidades, se había acordado
adelantar el cierre escolar para proteger a niñas, niños y adolescentes de las altas
temperaturas y, además, ajustar actividades ante la realización del Mundial de
Futbol. Sin embargo, horas después, la presidenta Claudia Sheinbaum aclaró que
no existía una decisión oficial y que únicamente se trataba de una propuesta en
evaluación. Esa contradicción exhibió, una vez más, la falta de coordinación y
comunicación clara dentro del propio gobierno.
Más allá de la confusión política, el tema ha generado indignación porque toca uno
de los aspectos más sensibles para cualquier país: la educación. Reducir
semanas del ciclo escolar no es un ajuste menor ni un trámite administrativo.
Implica modificar contenidos, acelerar procesos pedagógicos y dejar incompletos
aprendizajes fundamentales. En un sistema educativo que todavía arrastra
rezagos profundos desde la pandemia, cualquier reducción del tiempo en las aulas
representa un golpe adicional para millones de estudiantes.
El problema no es únicamente que se suspendan clases antes de tiempo; el
verdadero debate es qué mensaje envía esta decisión. Resulta preocupante que el
argumento del Mundial aparezca entre las razones principales para considerar el
cierre anticipado. La protección ante las olas de calor puede ser legítima y
necesaria, especialmente en estados donde las temperaturas alcanzan niveles
extremos, pero mezclar esta medida con la organización de un evento
internacional alimenta la percepción de que nuevamente las prioridades
gubernamentales están enfocadas en intereses externos antes que en el bienestar
educativo del país.
Aunado a lo anterior se hace evidente la falta de planeación pues la elección de
México como sede del Mundial se conoce desde años atrás y pareciera que recién
hay que implementar acciones logísticas que aminoren el impacto de miles de
visitantes y extranjeros que para más de una figura pública serán la prioridad de la
agenda pública.
La molestia social también surge porque parece ignorarse la realidad cotidiana de
miles de familias mexicanas. Tres meses prácticamente completos sin actividades
escolares representan una carga enorme para las personas cuidadoras,
especialmente para las mujeres, quienes históricamente asumen la mayor parte
del trabajo doméstico y de crianza. Muchas madres trabajadoras tendrán que
resolver quién cuida a sus hijas e hijos mientras ellas cumplen jornadas laborales.
Otras simplemente no contarán con opciones, lo cual profundiza en desigualdades
ya existentes.
En ese contexto, el gobernador Samuel García reaccionó rápidamente al anunciar
apoyos dirigidos a madres y padres de familia para enfrentar el posible cierre
adelantado. Más allá de simpatías políticas, el gesto evidencia que sí es posible
pensar en medidas complementarias para proteger a la infancia y acompañar a las
familias. Sin embargo, también deja al descubierto otro problema estructural: la
desconexión entre los distintos niveles de gobierno. Mientras la federación lanza
propuestas ambiguas, los estados intentan responder sobre la marcha a
escenarios que ni siquiera han sido oficialmente definidos.
La educación mexicana ha atravesado demasiados cambios en pocos años.
Primero fue la interrupción provocada por la pandemia; después vinieron
modificaciones curriculares, debates ideológicos sobre los nuevos libros de texto y
ahora posibles recortes al calendario escolar. Cada transformación se presenta
como urgente o necesaria, pero pocas veces se construye con una visión de largo
plazo que coloque realmente al estudiante en el centro.
La discusión debería ir más allá de si las clases terminan en junio o en julio. Lo
verdaderamente importante es preguntarnos qué tipo de educación queremos
sostener en medio de crisis climáticas, cambios sociales y presiones políticas.
¿Verdaderamente queremos avanzar en este tema? O es más conveniente un
país con los estadios llenos, las pantallas prendidas y las aulas vacías.