Hay días en los que el futbol deja de ser un juego. Días en los que la cancha no mide 105 por 68 metros, sino lo que alcanza a latir un corazón infantil cuando descubre que el mundo también puede abrirse para él. Eso fue lo que ocurrió cuando 108 niñas, niños y jóvenes de Tampico pisaron el estadio BBVA de Monterrey. Y no, no fue un paseo. Fue un acto de justicia emocional.
Yo vi algo que no se transmite por televisión, y casi nunca lo vemos reflejado en los medios de comunicación; vi mochilas llenas de cuadernos convertidas en equipaje de sueños; vi manos pequeñas aferradas a las de padres que jamás imaginaron llevar a sus hijos a un estadio mundialista; vi miradas que, al elevarse hacia las gradas del Gigante de Acero, entendieron que el esfuerzo sí tiene forma, peso y destino ¡sí, se puede!
Esta acción —impulsada por la presidenta municipal Mónica Villarreal Anaya, junto con empresarios y promotores del Juego de Leyendas avalado por la FIFA— no fue propaganda. Fue humanismo en estado puro. Tampico premió al mérito académico, eso, no es regalar boletos; es decirle a un niño “tu constancia importa”, es romper la narrativa cruel de que nacer en la carencia te condena a mirar siempre desde afuera.
El pequeño Iván lo entendió sin discursos. Iván, un niño de nivel básico, llegó al estadio tomado de la mano de su papá. Nunca habían conocido un estadio en su vida. Ni uno. Cuando entraron al BBVA, el padre guardó silencio; el niño abrió los ojos como quien entra por primera vez a un lugar que antes solo existía en la televisión. Ahí, entre concreto y acero, ocurrió algo íntimo y poderoso: un hijo supo que su padre había caminado con él hasta donde pudo… y un padre entendió que, por una vez, el mundo había sido generoso con su hijo.
Pero si hubo una historia que me desarmó fue la de Juanita.
Juanita llegó con su abuela. Su mamá ya no estaba. Había fallecido, dejando como herencia un amor profundo por el futbol y una lucha incansable contra la pobreza. Juanita ya había ido al estadio Tamaulipas, sí, pero esto era distinto. Monterrey no era solo otra ciudad; ese estadio no era solo otra cancha. Para ella, sentarse en una butaca del estadio de Rayados —aunque no fuera el equipo de su madre— fue como llegar a un lugar donde alguien la esperaba.m, alguien con mucho amor para ella.
Ahí, en medio del ruido, de la música fea que pusieron durante todooo el partido, en medio del juego, de las leyendas del futbol, Juanita no aplaudía solo goles. Aplaudía la memoria. El amor. El cariño. Aplaudía el esfuerzo de una madre que, hasta el último día, creyó que su hija podía tener algo mejor. Ese asiento fue, simbólicamente, un abrazo pendiente, un momento para toda su vida.
De eso se trata el Tampico Va con todos. No de cifras frías, aunque las haya: 108 estudiantes, 88 de primaria, 14 de secundaria, 6 de nivel medio superior, 22 conscriptos. Se trata de entender que detrás de cada número hay una historia que merece ser tocada por la esperanza.
Mónica Villarreal lo dijo claro. Se premió el esfuerzo por aprender. Pero lo que realmente ocurrió fue que, por unas horas, estos niños dejaron de ser espectadores de un país que suele ignorarlos y se convirtieron en protagonistas de su propia posibilidad.
El Juego de Leyendas enseñó disciplina y trabajo en equipo, sí. Pero la verdadera lección estuvo en las gradas cuando una autoridad decide mirar a la niñez no como estadística sino como destino, los sueños también entran a la cancha, y usted no los ve, pero, van en la mochila.
Ese sábado, en el Gigante de Acero, no solo se jugó futbol.
Ese día, Tampico le ganó al olvido.
En la intimidad… Del alcalde de la ciudad de Altamira, Armando Martínez Manríquez, y su equipo de Protección Civil, mañana hablamos.
Qué en paz descansen esas niñas.
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@dect1608