Opinión

Los invisibles, los olvidados, los desaparecidos

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Por: Zaira Rosas
zairosas.22@gmail.com

“El hambre mata a más personas que el COVID” fue el dato que ha resonado toda
la semana en mi cabeza después de una junta para la realización de una
campaña. No dejo de pensar en cómo ante una pandemia movilizamos al mundo
entero, pero no hacemos lo mismo para las condiciones de extrema pobreza. ¿por
qué? ¿qué hace que unas vidas valgan más que otras?
Hay múltiples estudios de economía y sociología que nos hablan de la
desigualdad y como aún en sistemas donde públicamente se aboga por una
sociedad equitativa, al final el poder y por ende los privilegios terminan cayendo
sobre unas cuantas personas.
Preferimos la desigualdad, aunque digamos lo contrario, así se titula uno de los
ensayos de François Dubet, donde destaca cómo el individualismo nos lleva a
pensar en un bienestar personal por encima del colectivo, dejando de lado las
necesidades sociales y priorizando la meritocracia. Esta ideología se cruza ante la
realidad social donde anhelamos equilibrio, pero no a costa de nuestro desarrollo
personal. Lo anterior es importante pues en medio del contexto de México también
se vincula a un país cargado de omisiones e indiferencia.
¿Por qué persiste la pobreza? Por el temor a ser desplazados, por discursos
separatistas que funcionan para el dominio mediante la desinformación, tal como
ha ocurrido en Estados Unidos, pues tendemos a desconfiar de lo diferente y nos
compramos la idea de que las oportunidades son limitadas, nos aterra ser los
siguientes o no tener suficiente para sobrevivir la semana y es justo en medio de
estas ideas que hay huecos que aprovecha el crimen organizado, resulta fácil
reclutar con promesas de un futuro mejor a quien de por si nunca ha sido
escuchado.
En el mundo 44% de la población vive con menos de 6 dólares al día, lo que ya se
considera una situación de pobreza, sin embargo 10% vive en situaciones de
pobreza extrema. Y ni hablar de quienes se encuentran en situación de calle. Para
empatizar un poco con la omisión que desempeñamos de manera cotidiana basta
un simple ejercicio que se replica en el Museo de Memoria y Tolerancia de la
Ciudad de México, donde después de ver un video musical te preguntan cuántas
personas en situación de pobreza has notado y evidentemente nadie sabe
responder al respecto porque rara vez prestamos atención a nuestra realidad.
Esas personas que parecieran invisibles son las mismas que con facilidad
desaparecen día con día ante nuestros ojos, son un blanco ideal para sumarse a
las filas del crimen, para también lo es cualquiera que busque una oportunidad de
crecimiento y desarrollo pues con un simple ejercicio de navegación en redes

sociales podremos encontrar infinidad de ofertas con promesas de grandes
salarios por trabajos sencillos. Así llegaron más de 400 personas al rancho
Izaguirre y con la misma rapidez se deshicieron de ellos.
En México no se desaparecen cuerpos solo por la pobreza, se pierden entre la
impunidad y la falta de justicia, les desaparecen por conveniencia y aunque haya
miles de madres buscándoles, el sistema permite que caminemos entre las
cenizas y que después le llamemos montaje. Es un país en el que rápido
indagamos quizás por morbo, pero con la misma rapidez se olvida, cada año hay
casos mediáticos de feminicidios donde se ubica con claridad a las personas
responsables y rara vez aparece la justicia.
Es un país sin respuesta porque, aunque nos duela admitirlo las desapariciones
comenzaron con el Estado, se ha comprobado que es fácil atentar contra la vida
de quienes de por sí ya son invisibles ante los ojos de otros y que los casos
pueden durar incluso décadas sin brindar respuesta. ¿Qué podemos hacer para
cambiar esto? Dejar a un lado la indiferencia y considerar que la ayuda
humanitaria por pequeña que parezca, sí puede representar un cambio en la vida
de alguien, compartir oportunidades y denunciar todo tipo de anuncios que puedan
incitar a que más crímenes se extiendan.
No es tarea del Estado, es tarea de todas y todos sumarnos a luchas sociales para
que el equilibrio sea posible, nos corresponde pensar en la colectividad, en el
cuidado del otro y actuar en consecuencia. Dejemos de comprarnos el discurso de
que eso que puedo hacer por otro le corresponda a alguien más. La desigualdad y
la omisión de construyen desde nuestras prácticas cotidianas donde buscamos la
superioridad personal, ¿qué pasaría si hoy pensamos en cada pequeña acción en
un bienestar conjunto que sirva para el desarrollo de al menos alguien más? Por lo
menos por hoy, hagamos esa prueba.

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