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El fracasado e inoportuno combate a la corrupción y el narcotrafico, que fortalece a la delincuencia organizada estructurada desde la clase política de México hasta la última pieza de su organigrama criminal en las calles de nuestro país, tiene al próximo gobierno de Andrés Manuel López Obrador con toda la intención de echar atrás el proyecto del mando único que impulsó el panista Felipe de Jesús Calderón Hinojosa.

El futuro Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas (¿puedo seguir diciéndole Peje?), el señor Peje (con todo respeto presidente electo), ha dejado muy claro que personalmente supervisará el trabajo de la Secretaría de Seguridad Pública encomendada a Durazo, diariamente a las 0700 horas, evaluará la estrategia contra quienes pretendan seguir derramando la sangre en México.

Pero López Obrador no será el único que deberá madrugar para enderezar el buque de guerra en favor de la paz, sus delegados federales igual enviarán reporte matutino de lo acontecido en sus entidades, particularmente los que viven en los estados más violentos, como es el caso de José Ramón Gómez, en Tamaulipas; quien este martes 14 de agosto, inició en Tampico el recorrido de los 43 municipios para armar un robusto expediente del sentir ciudadano y los sectores productivos, mismo que deberá ser entregado al tabasqueño más popular de la nación.

José Ramón, nacido en la polvorienta Reynosa, ciudad frontera con Estados Unidos, enfatizó que a su jefe y próximo hombre más poderoso de México, le interesa sobre todas las cosas la paz de los tamaulipecos como la de todos los mexicanos, agregando que a partir del primero de diciembre la estrategia de seguridad recibirá un fuerte apretón, primero que nada para que la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), de Marina Armada de México (SEMAR) y Policía Federal, en todas sus divisiones ahora sí trabajen de forma coordinada con las policías locales de cada entidad, y es que en estados como Tamaulipas, no hay coordinación, no hay un fin común, no se trabaja por el bienestar de los tamaulipecos… algo que ya se sabe y se ha expresado hasta el cansancio. Ojalá que los metan en cintura. Hágase el reino de El Peje, el reino de la paz social.

En la primera reunión que sostuvo José Ramón en la ciudad de Tampico con la mesa directiva de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC), Delegación Tamaulipas, estuvo acompañado por Adrián Oseguera Kernion, alcalde electo de Ciudad Madero, municipio potencialmente turístico de Tamaulipas, por su playa de Miramar, una riqueza que puede presumirse en todo el país, no así sus antecesores ediles que no han sabido aprovecharla.

Los de la CMIC, pidieron de inmediato ayuda y la intervención de José Ramón para que López Obrador hable con quien tenga que hablar y dejen de cobrarles el 20 por ciento de la comisión por obra a realizar y que por favor, las construcciones del sur del estado sean asignadas a los contratistas sureños, las del norte dirigidas por los constructores fronterizos, que sea allá en la frontera donde hagan sus porquerías los que apañan los trabajos de infraestructura urbana asignados a Tampico, donde sus tranzas han retrasado el progreso y opacado los “Vientos de cambio”.

Desde lo alto la señora Cecilia, titular de la Secretaria de Obras Públicas del Estado, podría recibir un tremendo regaño.

davidcastellanost@hotmail.com

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Opinión

Academia de violencia: de lo digital al hogar

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Por: Zaira Rosas
zairosas.22@gmail.com

Gisèle Pelicot tenía 67 años cuando supo que más de 50 hombres la habían
violado en la última década. Ni siquiera podía reconocerse a sí misma en las
imágenes que la policía le mostraba: parecía una muñeca, inerte, sin vida y, sobre
todo, inconsciente de lo que estaba ocurriendo con su cuerpo. La historia
estremeció al mundo; sin embargo, la justicia no parecía suficiente para el calvario
experimentado.
¿Cómo fue posible tal horror? Algunos hombres declararon no saber que cometían
una violación. Sin embargo, hoy sabemos que al menos 62 millones de personas
han accedido a espacios digitales donde este tipo de violencia no solo se
comparte, sino que se enseña. Investigaciones periodísticas han documentado la
existencia de plataformas como Motherless, donde usuarios difundían contenido
de mujeres inconscientes y compartían consejos para abusar de ellas, incluso
dentro de relaciones de pareja.
El dato resulta estremecedor: decenas de millones de visitas a este tipo de sitios.
Una cifra que equivale, en términos simbólicos, a la población masculina de un
país entero. No se trata únicamente de agresores directos, sino de una audiencia
que consume, valida y normaliza la violencia. Son millones de potenciales
perpetradores o cómplices que encuentran en estos espacios una guía para
convertir el abuso en práctica.
La dimensión más perturbadora de este fenómeno es que rompe con una idea
profundamente arraigada: que el peligro está afuera. Muchas de estas agresiones
ocurren dentro del hogar, en relaciones de confianza, donde las mujeres son
drogadas o violentadas por sus propias parejas o familiares cercanos. El lugar que
debería ser refugio se transforma en el escenario del delito.
En México, este contexto no es ajeno, sino parte de una crisis más amplia. De
acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el
66.1% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, y
menos del 10% denuncia. La cifra refleja no solo la magnitud del problema, sino la
falta de confianza en las instituciones encargadas de proteger.
El feminicidio, la forma más extrema de esta violencia, sigue marcando al país.
Casos como el de Edith Guadalupe —que se suman a una lista interminable—
evidencian no solo la brutalidad de los crímenes, sino la negligencia institucional.
En muchos casos, las familias enfrentan procesos lentos, revictimizantes y, en
ocasiones, condicionados por prácticas de corrupción. La ayuda no llega de
inmediato; la justicia, cuando llega, suele ser tardía.

El caso de Edith es un recordatorio latente de por qué México es un país
feminicida, pues lejos de encontrar apoyo en las autoridades, nos topamos con
solicitudes absurdas de pagos para poder cumplir una labor urgente,
desgraciadamente las omisiones de justicia derivaron en el hallazgo del cuerpo
inerte de una joven cuya familia pidió apoyo para su búsqueda, pero la atención
fue omisa hasta que el caso se volvió mediático.
Esta realidad configura un escenario alarmante: la violencia contra las mujeres no
es un hecho aislado, sino un sistema que se reproduce en múltiples niveles.
Desde espacios digitales donde se normaliza el abuso, hasta estructuras sociales
e institucionales que fallan en prevenirlo y sancionarlo.
Estos casos y la existencia de comunidades que promueven la violencia sexual
obligan a replantear una pregunta incómoda: ¿qué tan normalizada está la
violencia en nuestra sociedad? Porque no basta con señalar a los agresores
directos; también es necesario cuestionar a quienes consumen, toleran o
minimizan estas prácticas.
Si esto sigue ocurriendo, no es solo por quienes ejercen la violencia, sino porque
aún no somos plenamente conscientes de su impacto. Mientras existan personas
que crean tener derecho sobre el cuerpo y la vida de otras, y mientras la omisión
siga siendo una constante, el problema persistirá.Seguiremos viviendo un terror
que supera cualquier ficción, uno que no se proyecta en una pantalla, sino que se
habita todos los días.

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Opinión

Mónica Villarreal y el ruido de sus zapatos

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Desde que asumió la candidatura a la alcaldía por Tampico, Mónica Zacil Villarreal Anaya optó por una estrategía que pocos entienden a primera vista, incluso, existimos los incrédulos por su característica política pasiva -respetuosa, muy respetuosa y educada para este mundo de bajos escrúpulos-, pero, fiel a su perfil sin aspavientos, fue precisa y logró ganar la elección.

Ya como alcaldesa, por cierto, la segunda mujer en la historia de  tan importante ciudad del noreste de México; en octubre pasado dio el primer aviso “elegante”. Reacomodó piezas, retiró a Ricardo Mora de zonas sensibles y colocó a Edmundo Malagón Infante donde los tampiqueños, ya acostumbrados a lo bueno no admiten margen de error: Servicios Públicos. Mora a cuidar otro frentes, y “Mundo”, firme allí donde no hay discurso que alcance si la operación falla.

Lo demás vino después, pero no es lo mismo. Los ajustes en áreas como Deportes o la Secretaría Técnica son movimientos naturales en cualquier administración. Donde realmente se mide la temperatura política es en Bienestar y en la Delegación Norte. Ahí no se administra, ahí se construye territorio o se derrumba todo proyecto.

Entonces, Mónica, la alcaldesa destapó a  Alejandro Rubio de la Portilla. Para nada un perfil improvisado ni una ocurrencia de última hora. Lo conoce de años, sabe que tiene una formación política larga, de esas que no siempre se ven, pero que sobresalen cuando llega el momento de operar. Ha estado donde se aprende lo que no se presume: en el contacto directo, en la gestión, en el desgaste cotidiano. Dejó incluso otras facetas de su vida para quedarse en esto, y así, Villarreal Anaya, lo estrenó como Delegado de la Zona Norte, en la primera etapa de su administración municipal.

Sí, ella lo conoce desde antes del cargo. No desde la formalidad institucional, sino desde el terreno donde se mide la lealtad. Por eso, ahora que le entregó la responsabilidad de la Secretaría de Bienestar, no está probando suerte. Está cerrando filas, y aquí podría terminar el texto, pero quienes no le entienden inventarán historias de terror y no les quedará claro qué es cerrar filas.

El relevo de Omar Fabbri Flores también tiene lectura. No hay ruptura, ni mil 800 pretextos, tampoco hay escándalo. Es la salida en el momento justo. De esas que se negocian con tiempo, que se procesan sin ruido y que permiten que la estructura no se fracture. No todos los políticos asumen y gustan de esos cambios, no cualquiera lo sabe hacer; se ocupa de temple.

Entonces ya comenzó todo. La depuración; ya no hay segundas oportunidades, cada secretaría debe dar resultados concretos. La curva de aprendizaje se acabó y quien no entienda el ritmo tendrá que encontrar otra trinchera. Llegó el tiempo de ver un nuevo período en el presente con miras a futuro.

La alcaldesa decidió concentrar el control en las áreas que realmente pesan, entiéndanlo, no es un premio personal, el movimiento VA más allá, y si todo se dio sin sobresaltos, con respaldo y sin fisuras visibles, lo que hay detrás no una alcaldesa empoderada alistandose para hacerle frente al que venga.

Es cálculo… no tibieza… es orden… no fragilidad; ¿quién dijo reelección?

En la intimidad… En la mesa del Consejo Consultivo de Turismo no hubo estridencias, pero sí señales. El mensaje que bajó el equipo del gobernador Américo Villarreal Anaya, a través del secretario Benjamín Hernández Rodríguez, fue claro: la estrategia estatal empieza a sostenerse en resultados medibles.

Ahí, Mónica Zacil Villarreal Anaya volvió a colocar a Tampico en el centro de la conversación turística, no desde la promesa, sino desde cifras y flujo constante de visitantes.

La propuesta de llevar la Cuera Tamaulipeca a un Récord Guinness, impulsada por René Lara Cisneros, puede parecer anecdótica, pero refleja algo más: la intención de posicionar identidad en el escaparate internacional.

Mientras tanto, voces como la de Karl Heinz Becker Hernández reforzaron un punto que ya no pasa desapercibido: la coordinación en seguridad y entorno urbano está impactando directamente en la percepción del estado.

En política, cuando los datos empiezan a acompañar al discurso, la conversación cambia. Y en Tamaulipas, esa transición ya está en marcha.

davicastellanost@hotmail.com
@dect1608

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Opinión

¡Viva la UAT! 

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Por momentos, la relación entre el poder público y la autonomía universitaria en Tamaulipas ha sido vista con suspicacia, y para variar, la historia reciente del estado obliga a cuestionar cualquier cercanía entre gobierno y academia. Pero hay hechos que obligan a matizar, a reconocer y, cuando es necesario, a decirlo con claridad: hoy la Universidad Autónoma de Tamaulipas está entregando resultados.

Y desde Tampico, la noticia resonó en todo el estado. Bajo la conducción de Dámaso Anaya Alvarado, la UAT ha alcanzado el 100% de sus programas educativos acreditados y el 100% de su matrícula inscrita en programas de calidad. Dicho en términos simples: no hay un solo estudiante fuera de estándares académicos evaluados, ninguno. Sin rodeos, un hito histórico.

Y lo es porque en el ecosistema universitario mexicano, donde las acreditaciones suelen ser parciales, dispersas o, en el peor de los casos, abandonadas, lograr la cobertura total implica disciplina institucional, inversión sostenida y, sobre todo, una comunidad académica alineada en objetivos comunes. No se trata de una medalla burocrática; es una estructura completa funcionando.

El propio rector lo dijo con precisión: “Alcanzar el 100% de Programas Educativos Acreditados y el 100% de estudiantes formándose en programas de calidad, representa uno de los logros más significativos en la historia de la Universidad Autónoma de Tamaulipas”. No hay exageración en esa frase.

Pero el punto más relevante no está en el porcentaje, sino en lo que significa hacia afuera. La educación pública, particularmente en estados con brechas sociales profundas, no puede darse el lujo de ser mediocre. Cada programa acreditado es una garantía —no absoluta, pero sí verificable— de que un estudiante tendrá herramientas reales para competir, para insertarse en el mercado laboral y, en el mejor de los casos, para transformar su entorno.

Ahí es donde el discurso institucional encuentra sentido: cuando la calidad académica se traduce en movilidad social.

En ese contexto, también es inevitable reconocer el entorno político que ha acompañado este proceso. El propio rector hizo referencia al respaldo del gobernador Américo Villarreal Anaya. Y aquí es donde conviene ser puntuales: la cercanía entre gobierno y universidad solo es válida cuando produce resultados tangibles y respeta la vida académica. Hoy, al menos en este indicador, la ecuación parece estar funcionando.

La UAT no solo se posiciona en el ámbito estatal, sino que se coloca entre las cinco universidades del país con el 100% de sus programas acreditados. No es propaganda; es un dato verificable que la ubica en un nivel competitivo nacional.

Porque la acreditación no puede convertirse en un techo. Debe ser el piso mínimo. La exigencia siguiente es que esa calidad se refleje en innovación, investigación aplicada, vinculación efectiva con el sector productivo y, sobre todo, en egresados que no solo encuentren empleo, sino que incidan en el desarrollo regional.

La universidad ya cumplió con la forma. Ahora tiene que demostrar fondo.

La intimidad… Mientras en Tamaulipas se consolidan avances en educación, en el centro del país se mueven las piezas del bienestar social. El gobernador Américo Villarreal Anaya sostuvo un encuentro en Palacio Nacional con Carlos Torres Rosas, secretario técnico del Gabinete de la Presidencia y coordinador de Programas de Bienestar.

El mensaje posterior fue directo: “De la mano vamos a seguir impulsando acciones que benefician directamente a las y los tamaulipecos, porque el bienestar de nuestra gente es nuestra prioridad”.

No es una reunión menor. Este año, los 18 Programas de Bienestar del Gobierno Federal proyectan una inversión superior a los 24 mil 500 millones de pesos en Tamaulipas, con impacto en uno de cada cuatro habitantes del estado.

Educación de calidad y política social alineada. Dos ejes que, si logran sostenerse en el tiempo, podrían comenzar a modificar inercias históricas en la entidad.

El desafío, como siempre, no está en anunciarlo. Está en cumplirlo.

davidcastellanost@hotmail.com

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Opinión

La fatiga de información y pensamiento

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Por: Zaira Rosas
zairosas.22@gmail.com

Llevo más de 7 años dando clases a universitarios, disfruto profundamente ver sus
procesos de aprendizaje y transformación de datos, pero también aprendo con el
cambio de generación, sin embargo últimamente tengo la sensación de lidiar con
múltiples segmentos, por un lado encuentro empatía con quienes nacieron a
principios de los 2000, de repente veo un cambio considerable en quienes llegaron
a finales de 2005 y me asombro con los términos para expresar cosas cotidianas
de quienes aún no llegan al nivel universitario pero parecieran saberlo todo gracias
a su gran conexión digital.
Esa percepción no es casual. Vivimos en una época donde el acceso a la
información ha dejado de ser un privilegio para convertirse en una sobrecarga
constante. Cada minuto se suben más de 500 horas de contenido a YouTube,
mientras plataformas como TikTok y X nos exponen a flujos inagotables de
noticias, opiniones y tendencias. Sin tomar en cuenta la posible falta de veracidad
en datos. En el aula, esto se traduce en estudiantes que llegan con referentes
múltiples, pero no necesariamente con mayor profundidad.
La saturación también alcanza a las noticias. De acuerdo con el Reuters Institute
for the Study of Journalism, una proporción creciente de personas evita informarse
porque se siente abrumada por la cantidad de contenido disponible. Es decir,
nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, al mismo tiempo, nunca
había sido tan difícil procesarla. Por lo que en ocasiones puede resultar más
sencillo ignorar lo que ocurre en otras fronteras pues el simple hecho de que todas
las portadas hablen de Irán no necesariamente nos refiere a un mayor
entendimiento de la política exterior.
En este contexto, no sorprende que las nuevas generaciones comiencen a
romantizar la desconexión. Cada vez es más común escuchar sobre la necesidad
de “desaparecer” de redes o pasar tiempo sin dispositivos. Lo que antes era
normal —estar presente sin interrupciones digitales— hoy se percibe como un lujo.
Estudios del Pew Research Center muestran que muchos jóvenes reconocen
sentirse abrumados por la cantidad de información que consumen, lo que impulsa
estos intentos de pausa.
Sin embargo, la desconexión por sí sola no resuelve el problema. Como docente,
es evidente que no solo ha cambiado la cantidad de información que circula, sino
la forma en que se procesa. La inmediatez ha modificado hábitos cognitivos: se
privilegia la respuesta rápida sobre la reflexión, el resumen sobre el análisis, la
opinión sobre el argumento. Se sabe “de todo un poco”, pero rara vez se
profundiza.

Este fenómeno impacta directamente en la educación. Hoy, herramientas como
ChatGPT permiten obtener respuestas, explicaciones y hasta textos completos en
segundos. Su utilidad es innegable, pero también plantea un riesgo: la ilusión de
aprendizaje. Acceder a información no equivale a comprenderla. Diversos estudios
en psicología cognitiva advierten que cuando las respuestas están siempre
disponibles, las personas tienden a sobreestimar lo que realmente saben.
En el aula, esto se manifiesta en estudiantes que pueden reproducir información
con facilidad, pero que enfrentan dificultades al momento de analizarla,
cuestionarla o relacionarla. No es que el pensamiento crítico desaparezca, pero sí
se transforma y, en algunos casos, se debilita si no se ejercita de forma
intencional.
Esto obliga a replantear la educación. Más que competir con la velocidad de la
tecnología, el reto está en recuperar espacios de reflexión, quizás mediante
dinámicas que de igual forma resulten atrapantes y nos brinden la misma
dopamina inmediata que el mundo digital, pues en la actualidad el valor no estriba
en el conocimiento de datos, sino en el manejo de los mismos y la creatividad con
la que podremos transformarlos para brindar soluciones actuales.
No es sólo la universidad, es crear nuevos planteamientos de enseñanza, pues el
exceso de información hace que incluso las escuelas pierdan valor ante una oferta
más amplia en el mundo digital, lo que pocos olvidamos es que la educación
presencial brinda otras herramientas como los vínculos humanos, la empatía y el
desarrollo personal, por ello en medio de mundos digitales más que una moda la
desconexión oportuna también debe entenderse como una necesidad.

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