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Al pie de una tienda de conveniencia situada enfrente de la Plaza de Armas, sentada en la banqueta, con un bote en la mano derecha que hace sonar sobre el pavimento mientras clama, al ver pasar al transeúnte:

«¡Una ayuda, amigo, una ayuda, amiga, una ayuda!», con una dicción mocha como de niño chiquito, se puede ver a esa joven de aspecto un tanto andrógino, por su cabello corto sin corte ni peinado y sus facciones características del síndrome de Down, pero sin maquillaje alguno, casi a diario en ese punto intermedio de la cuadra en que empieza el área peatonal del centro de Tampico.

Ante tal escena cualquiera puede suponer que la jovencita pertenece al sector poblacional de los «sin techo», los indigentes que pueblan las partes bajas de puentes, los recovecos de estructuras públicas, las «covachitas» que forman los pasos vehiculares que atraviesan canales, y las plazoletas, escalinatas, portales y callejones de cualquier metrópoli, cuánto y más si se trata de un puerto internacional, como Tampico, donde, hablando de gente que «vive en la calle», estamos más o menos a la vanguardia en comparación con otras localidades del país, ya no se diga del estado.  Pero resulta que no: la muchachita -por lo que se ve, aquejada con una disfunción psico-lingüistica debido a su condición- no se encuentra viviendo las 24 horas en la vía pública, y mucho menos está sola.

Aproximadamente a la hora en que salen del primer turno los trabajadores de algunos centros laborales, esto es: entre las horas del almuerzo y la comida (el momento de «la botana», diría un bebedor social de a diario), llega a parársele al lado a la chica de esta historia otra mujer, ésta sí a todas luces adulta, de entre 25 y treinta años, que ante la vista de todos sostiene con ella un breve intercambio de información y luego se queda ahí, de pie, con una rodilla flexionada para zarandear su chamorro con un tamborileo de talón sobre el asfalto mientras ve cómo los viandantes que así lo consideran pertinente le colocan una o varias monedas en su recipiente a la que pide caridad.  Enseguida bromea un poco, si acaso volteando solamente la cabeza hacia su interlocutora, a la que pide el cúmulo de «morralla» y termina entrando al establecimiento comercial para cambiar ese «circulante» por billetes.  En ese lapso, basta poner un poco de atención, en forma disimulada, para alcanzar a escuchar con claridad un «apúrate, pide más», de voz de la dama apeada: una fémina de piel morena, cabellera negra, larga y lacia, y figura atractiva, a la cual más de un sujeto de aspecto simplón y vestimenta humilde se acerca a saludar con evidente, notoria confianza, logrando sacarle risotadas y frases de familiaridad.

A sólo media cuadra de ese sitio, en la esquina de Díaz Mirón y Fray Andrés de Olmos, está el hotel donde se alojan el titular de la policía estatal Fuerza Tamaulipas y otros varios oficiales uniformados de esa y las demás corporaciones que están instaladas en esta ciudad y puerto para apoyar las tareas de seguridad, cuidando el orden, la legalidad, e integridad física y patrimonial de las personas, y para que nadie incurra en acciones que pongan en riesgo o violenten, sobrepasen aquello que establece la ley.  La explotación humana, por ejemplo.

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