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Si tuviésemos que llevar a cabo una clasificación del humor del Filósofo de Güémez, diríamos que es un humor tautológico, de Perogrullo o ingenuo. La tautología es la repetición innecesaria, lo que debiera callarse por evidente; la perogrullada es una verdad tan evidente que resulta tontería siquiera mencionarla; la ingenuidad es la conexión del Filósofo con la simplicidad de la vida.

Hay una historia que me encanta y HOY parafraseo, “resulta que se encontraba el Filósofo en el patio de su casa, hasta donde llegaron discutiendo acaloradamente el Prostático y su vástago del mismo nombre.

–– Filósofo –dijo el padre– fíjate que hace poco adquirí una casa en la playa, desde el balcón disfruto los hermosos amaneceres de nuestra región; pero mi hijo también lo quiere.

–– Mira, Filósofo, mi padre es un hombre viejo, ¿para qué ‘inga’os le puede servir contemplar los inigualables amaneceres de nuestra tierra?, en cambio a mí, si me es de provecho estar en el balcón, pues desde ahí diviso a mis amigos y a las muchachas más bonitas en la playa y rápidamente me dirijo a ellas para conquistarlas.

–– ¿Oye, mi’jo, eres católico? –preguntó el Filósofo.

–– ¡Sí! –respondió el muchacho intrigado ante tal interrogante.

–– ¿Sabes persignarte? –volvió a preguntar el Filósofo.

–– ¡Claroooo! –respondió ufano el chico.

–– ¡A ver, hazlo! –sentenció el Filósofo.

El muchacho entonces comenzó, poniendo sus dedos con la señal de la Cruz, dirigiendo su mano derecha hacia su frente: ––En el nombre del Padre, del Hijo…

El Filósofo lo paró en ese momento, volviéndole a preguntar:

–– ¿Cuándo haces la señal de la Cruz, ‘onde va el Padre?

–– ¡¡¡Arriba!!! –contestó el joven vanidosamente.

–– Entonces, si sabes que el Padre siempre va arriba… ¡cédele el balcón a tu Padre de inmediato! ¡Muchacho ‘abrón!”

El Padre va arriba, porque te enseña que en el milagro irrepetible del nuevo amanecer, el límite de tu vida es el cielo, que te conduce a creer y crear un poder personal poderosamente infinito, que te convierte en un ser de luz y amor, que multiplica tu alegría.

El Padre va arriba, porque te enseña a no poner barreras a tu crecimiento, a entender que el ser humano sufre porque vive desde el miedo, la culpa, el ego –el más grande el miedo a ser amado– y un trabajo hecho desde el miedo no funciona, dejando de ser tú, pensando que el mundo está en tu contra, perdiendo tu poder.

Cuando aprendes la lección de amor incondicional que el Padre tiene para ti, te reconoces como un milagro abierto, entonces empiezas a gozar cada instante –porque la vida está hecha de instantes–, a acomodar las piezas del inescrutable misterio de la vida.

Desde arriba el Padre te invita a tener una luna de miel permanente con tu existencia, sabiendo que vale la pena vivirla y disfrutarla, a hacer del amor una práctica constante, –porque el amor tiene magia y hace milagros– a perdonarte y liberarte de la culpa, a quitar carga innecesaria a tu alma y hacer tu viaje más ligero.

El Padre te invita a vivir tu proceso, realizando diariamente tu practica espiritual de creer… para crear, eso llena tu ser de valores, le da rumbo, causa y cause a tu vida; te libera de la adicción al drama, de estar anclado al pasado; te invita a luchar, a construir tu realidad, a encontrar respuestas a las interrogantes, a enfocar tu energía en la paz interior, la estabilidad físico-emocional y tu trascendencia.

“Resulta que con motivo del Día del Padre, fui a la Iglesia. De pronto, el sacerdote se me acercó. Me miró fijamente. Respetuosamente, me arrodillé, impuso las palmas de sus manos sobre mi cabeza y exclamó con voz fuerte:

–– ¡Tú vas a caminar!

En voz baja le dije: –– Padre… no tengo ningún problema motriz.

Él, ignoró mi respuesta y volvió a exclamar: –– ¡Tú vas a caminar!

La feligresía toda con las manos en alto, empezó a gritar: –– ¡Tú vas a caminar!

Intenté explicarle que no tenía ningún problema con mis piernas… pero fue en vano. Él repetía cada vez más fuerte: –– ¡Tú vas a caminar!

Mientras todos en la Iglesia gritaban aún más fuerte: –– ¡Tú vas a caminar!

Tome la decisión de callarme y no decir nada. Cuando terminó la misa, salí de la Iglesia y, créanlo o no… ¡el sacerdote tenía razón!, ¡¡¡ME HABÍAN ROBADO EL ‘INCHE BURRO!!!”

filosofo2006@prodigy.net.mx

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