Durante casi tres años, Américo Villarreal Anaya gobernó como si su voz fuera prestada. Otros hablaban por él, decidían el tono; había quienes ocupaban el encuadre perfecto, pero, el jueves, en el “corazón de Tamaulipas”, precisamente en el teatro Amalia González Caballero, Américo regresó recargado a tope.
Con su propia voz, sin intermediarios y con un formato que en Tamaulipas no se había visto: no leyó un informe, no proyectó un video largo y aburrido de logros, no dejó que ningún oficioso, ni maestro de ceremonias le armara la mañana; el gobernador era otro.
Ahora sí, como diría ChatGPT —en el centro del foro y de la política—, muy campante, un pasito para allá, un pasito para acá, le pasó el micrófono, uno por uno, a su gabinete y se quedó ahí, flanqueado, escuchando lo que sus propios secretarios tenían que defender frente a empresarios, sociedad civil y los representantes de los medios de comunicación que se quedaron asombrados con el nuevo formato. No fue un mitin, tampoco un discurso largo y aburrido, mucho menos una consulta pública, y justamente por eso es que resultó un tremendo mensaje político.
Quien lo vio de cerca notó el cambio de pulso. El Villarreal de los primeros años había entregado demasiado terreno a operadores que confundieron cercanía con licencia y a parientes que ocuparon más reflector del que el cargo aguanta. Ese médico pausado, el que explicaba, el que conquistó en la elección a Tamaulipas, se había vuelto opaco. Ah, pero, en el teatro reapareció recargado: cifras dichas sin prisa, oratoria sin atropellos, anécdotas que no sonaban a guion, y con una disposición a reconocer que la transformación se pudre cuando se vuelve rutina.
El momento fue tan valioso que varios de la oposición que estaban en la platea salieron mascullando lo mismo: si este es el hombre que va a administrar lo que falta del sexenio y el que va a plantarse frente a las 43 alcaldías para definir candidatos y en el Congreso, si, le tuvieron más respeto y por allí a más de uno se le vio la cara de miedo, también a uno que otro de Morena, todos notaron el cambio y el cálculo se les mueve, porque un gobernador que ya no necesita que le escriban las respuestas es más difícil de desarmar.
Los números que soltó el gabinete no piden fe. La deuda bajó más de mil millones sin contratar un peso nuevo; al primer trimestre la per cápita estaba en 4 mil 495 pesos y la sobretasa del refinanciamiento en 0.34. La pobreza, medida entre 2022 y 2025, pasó de 26.8 a 20.2 por ciento: 242 mil tamaulipecos dejaron esa condición y la extrema se redujo a la mitad, de 2.9 a 1.5. La economía creció 5.2 por ciento en el arranque del año, segunda del país. Veintiún mil millones en obra repartida en los 43 municipios, 95 por ciento de los contratos en empresas de aquí. Ciento sesenta y ocho proyectos privados por 20 mil 664 millones de dólares y más de 57 mil empleos anunciados. Trescientas patrullas nuevas, blindados, estaciones. Más de 4 mil 300 millones en hospitales, entre ellos el de Madero para medio millón de personas sin seguridad social. Veinticuatro mil quinientos millones federales de bienestar y 2.4 millones de despensas que llegaron a 288 mil familias. Nada de eso es poesía. Ni mentiras de este que escribe, eran frialdades salvajes de los secretarios, hasta parece que están listos para la pelea electoral.
Villarreal fue determinante: por encima de cualquier diferencia está Tamaulipas, y la gira que acaba de cerrar por los 43 municipios le sirvió de evidencia. Se sentó con alcaldes de otros colores, escuchó quejas que no eran suyas y salió diciendo que la coordinación no es claudicación. El respaldo de Claudia Sheinbaum apareció desde que subió a Mario Delgado al templete de su gira de rendición de cuentas.
Para quienes le entienden a esto de la política -que no son muchos por cierto- el cuarto año de acciones de Americo Villarreal no se presentó como meta. Lo presentó como una nueva plataforma
El agradecimiento a María y al DIF fue directo y, en lo institucional, justo. Pero todavía cabe la preocupación de qué fue lo que desayunó ese día la directora del sistema para el desarrollo integral de la familia.
En la intimidad… Les contaré un cuento de terror ahora que estamos en octubre y no todos sobreviven al invierno.
Cara de bruja, un mayordomo cuya tarea era no existir. Debía deslizarse sin ser visto por nadie, ajustar la “temperatura” del salón, señalar con un gesto mínimo dónde se había aflojado una viga, y desaparecer antes de que el reflejo lo atrapara.
Su sombra tenía permiso de ser más larga que él; él, en cambio, no tenía permiso de aparecer.
Pero como los mismos humanos apestosos, las sombras, cuando se acostumbran a adelantarse, empiezan a creerse dueñas del escenario.
Cara de bruja ahora camina demasiado cerca del trono. No lo suficiente para sentarse, sí lo bastante para que la luz de las luciérnagas permita a las arañas dibujar sus pómulos e iluminar su nariz. En los pasillos bajos, en las primeras filas, y en los oscuros y nauseabundos cuartos donde los criados barren las cenizas y comentan lo que se salió del retrete, ya le guardaron su lugar junto a aquel muñequito “cabeza de rodilla”.
En este peligroso Palacio nunca te debes dejar ver, aunque a veces toca, dejarse ver es peligroso, y todos, en algún momento, quieren verse. El palacio negro del terror lo tolerará mientras tus pasos no hagan más ruido que el de las manecillas del reloj del salón principal.
Afuera, en las plazas, se preparan las ferias de los pueblos. Elegirán alcaldes y voces para las bancas menores. Las farolas iluminan las calles y cara de bruja se roba la conversación hasta convertirse en el centro de la fiesta.
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